La memoria perece y las obras permanecen

febrero 17, 2012

El 23 de agosto es el aniversario del nacimiento del doctor Emilio Roig de Leuchsenring. Me siento en deuda con él, no sólo por el hecho de que fue mi maestro y predecesor, sino por cuánto le debe Cuba a un hombre que es hoy quizás menos conocido.
Una vida que vivió intensamente los azares de la República y llegó a los umbrales de la revolución cubana, -no olvidemos que Roig murió precisamente en agosto de 1964- tuvo tiempo de ser plenamente dichoso con la obra magna que consideró reivindicadora de la revolución misma. La reforma agraria fue objeto de uno de sus mejores trabajos; los últimos Congresos Nacionales de Historia los celebró bajo el apoyo de tantos amigos que como Antonio Núñez Jiménez, llegaban ahora al poder político, cultural y científico en Cuba. Con Núñez compartió mucha aventuras y lo apoyó resueltamente en la tarea de la Sociedad Espeleológica de Cuba, en la defensa de las cavernas, las pictografías y las huellas de nuestros aborígenes, como defendió también a otros historiadores, que por el mismo camino, trataban de descubrir un pasado remoto poco conocido.
Quizás la obra medular de Emilio Roig haya sido tratar de explicar lo que definió como “los males y vicios de la Cuba republicana”. Trató de explicarlos y profundizar en ellos, lo hizo de varias formas, como por ejemplo Tradición antiimperialista en nuestra historia, o con el luminoso trabajo de 1950, publicado un poco después, Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos, o con su obra más destacada y profunda, a mi juicio, La historia de la Enmienda Platt, que establece los parámetros de las relaciones entre Cuba y su poderoso vecino Estados Unidos. Pero Roig es sobre todo un cultor de la Historia y sobre todo de la nacional. Recuerdo en su oficina los retratos de Heredia, Gertrudis Gómez de Avellaneda, de Plácido, de todos aquellos que fueron precursores y que a través de la colección de Cuadernos de la historia habanera, dio a conocer en una época en que los libros, como en todo tiempo, costaban caros, y estaban mucho menos al alcance de todos. Por eso la pasión por publicar estos cuadernos de forma muy sencilla para obsequiarlos no como una gratuidad onerosa, que no conduce a nada, sino a aquellos que se acercaban a la Oficina con el interés real de estudiar, de aprender. Fundamentalmente a los maestros regalaba estas publicaciones, que fueron numerosísimas y formaron, quizás, el acervo -de esta naturaleza- más importante de su tiempo.
Fue un defensor de la biblioteca pública, y estuvo entre los que laboraron intensamente junto a Fernando Ortiz, Emeterio Santovenia, y otros, por la Biblioteca Nacional de Cuba, anticipándose a la biblioteca como ente público, como gran centro de la bibliografía y de la información nacional. Roig reunió los tarjeteros y fichas de las bibliotecas más importantes, la de su íntimo amigo Fernando Ortiz, la de Manuel Mesa Rodríguez, la biblioteca de Emeterio, la de los Portuondo, y con todo esto logró tener un amplísimo fichero. Cuando llegaban jóvenes estudiantes que no podían encontrar -porque no existía esa Biblioteca Nacional moderna que tenemos hoy, que es una obra contemporánea- entonces él enviaba a su fiel asistente Alfredo Zayas, a buscar el libro a casa de ese amigo, lo traía a la sala de lectura, y el investigador podía constatar que no era una leyenda  la existencia de ese folleto, de ese libro raro, de esa edición príncipe. A esa biblioteca circulante y socializada le llamó Francisco Gonzáles del Valle, en memoria de otro importante pensador cubano olvidado.
También Emilio tuvo una entrañable devoción por la Casa Natal y la obra de José Martí. De ahí que dedicó tantos trabajos periodísticos en la Revista Carteles, en otros órganos de prensa y realizó investigaciones tan meritorias como La España de Martí. De esa manera trató de mostrar y contribuir a la obra de otro amigo, Gonzalo de Quesada, que en la Fragua martiana era un baluarte en la formación de cursos sobre el pensamiento martiano, del conocimiento profundo de su obra que conduciría a la creación de una vanguardia pensante.
Por su pensamiento y obra, el Museo de la Ciudad, creado por él, y la Oficina del Historiador de la Ciudad, se convirtieron en instituciones muy importantes, aunque no por su dimensión material y física.  Hoy me asombro cuando llego a la Plaza de la Catedral y veo lo que fue la oficina de Emilio Roig, donde tuvo su primer punto de partida en el Palacio de los Capitanes Generales, que era su sueño, un sueño que no pudo realizar. Al palacio tuve la oportunidad de ir luego, llevando su mesa, su escritorio, sus muebles, sus objetos personales, sus libros, y reunirlos en el mismo lugar en que vamos a celebrar el 120 aniversario de su natalicio, ocurrido en el año 1889, en la calle Acosta No. 40, en el corazón de la Habana Vieja.
Orador elocuente, conferencista didáctico, hombre de la palabra viva, solía caminar por las calles, saludando a todo el mundo, impecablemente vestido de blanco, como se vestían los cubanos en época de verano. Con su sombrero atravesando la Plaza de la Catedral paseaba en espacios donde había conocido a Alejo Carpentier, Federico García Lorca, Valle Inclán, y donde había sido parte de la gloriosa generación del grupo minorista, y que tuvo como protagonistas fundamentales a aquella vanguardia, donde le llamaban “el infante terrible”, precisamente por su carácter, por su elocuencia, por la pasión que ponía a cada palabra, en cada gesto, en cada letra escrita.
Es por eso que estamos en deuda con la memoria. Si me preguntan si esa deuda ha sido saldada, diré que no lo suficiente: ahora me alegra pensar que cientos de familias recorren el Centro Histórico en estos días de verano en las Rutas y Andares, están tras sus huellas, tras los sitios que él visitó desde los días en que ingresó en el bufete de don Fernando Ortiz, donde conoció a Pablo de la Torriente  Brau, se acercó más a Rubén Martínez Villena, conoció personalmente a Julio Antonio Mella -que en la dedicatoria de un trabajo escribió “a Emilito, maestro en estas lides contra el imperialismo yanqui”.
Al antiimperialista, al historiador cubano, al vehemente defensor de la Ciudad de La Habana y sus monumentos, al defensor de la Historia de Cuba enseñada como sistema, al que creía que la memoria era indispensable porque en ella todo pueblo o toda persona deja de existir intelectual o políticamente, están dedicadas estas palabras, muchos años después de habernos conocido.
Cincuenta años después de haber llegado por vez primera a su oficina en 1959; 40 años después de haber recomenzado la obra de la Oficina del Historiador en noviembre de 1967; trabajamos no solo para  restaurar un edificio, eso es fácil, sino para darle espacio a la memoria de todas esas cosas que fueron su ardiente preocupación, que fueron en definitiva una vocación cumplida. Por eso es cierto que en el jardín de San Francisco están sepultadas las cenizas de Emilio Roig, junto a su fiel, abnegada y continua compañera de batallas María Benítez, la muchacha que muy joven lo siguió y fue su compañera de amor, de vida, pasión y obra. Estoy convencido que debo mantener y conservar ese lugar, siempre exijo a mis colaboradores colocar allí todos los días, la ofrenda de nuestro afecto, pero en definitiva allí solo hay polvo y recuerdo, lo importante es la obra, porque la memoria perece y las obras permanecen.

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