Restauración de La Habana Vieja: un espejo de Cuba

julio 29, 2008

Por: Oliverio Comte / Tomado de Rebelión

Todo lo que vive lucha por vivir y los procesos sociales no son la excepción. En un mundo asolado por la tempestad globalizadora, donde los modernos emperadores quieren imponer una dictadura neoliberal a cualquier precio, la defensa de la identidad cultural de los pueblos es un deber irrenunciable. Desde los centros de poder liderados por Estados Unidos, se promueve un “choque de culturas”, que tiene como objetivo imponer un orden desigual para cautelar los privilegios de una minoría enajenada con el lucro. La crisis del sistema es innegable y los halcones en su vuelo de rapiña arrasan territorios a la caza de recursos naturales. A través de la mentira, devenida en discurso ideológico de carácter hegemónico, construyen la retórica y el “marco legal” para borrar del planeta cualquier vestigio de singularidad o disenso. No obstante, todo poder genera resistencia y la posibilidad cierta de erigir una realidad moralmente distinta, donde las culturas fluyan y se encuentren en una lógica de respeto y colaboración. La relación entre lo global y lo local – si no es determinada por el interés mercantil del más fuerte – puede ser de armonía y beneficio mutuo. Para que esto sea posible, en el mundo de hoy, es esencial defender la cultura local y fortalecer la identidad de los pueblos.
Un claro ejemplo de ello, es el Programa de Restauración del Centro Histórico de la Ciudad de La Habana Vieja, impulsado por el Comandante Fidel Castro a comienzos de la década de los noventa, ante la necesidad de preservar la cultura nacional, en el contexto de la crisis posterior al derrumbe del campo socialista. La entidad encargada de liderar ese proceso ha sido la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana (OHCH), dirigida por Eusebio Leal Spengler, doctor en Ciencias Históricas, especialista en Ciencias Arqueológicas de la Universidad de La Habana, quien además es miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCCU).
La obra realizada por Leal, ha sido reconocida a nivel internacional. En noviembre de 2007, le fue otorgado el Premio Internacional “Reina Sofía” de Conservación y Restauración del Patrimonio Cultural, por su importante contribución al programa de rehabilitación de La Habana Vieja y su impacto en la promoción de ese lugar histórico de la ciudad. El dirigente, integró la delegación cubana que asistió recientemente a los actos de celebración de los 100 años del nacimiento del ex Presidente Salvador Allende en Chile, oportunidad en la que conversó con Punto Final.
La OHCH, fue creada en 1937, liderada por Emilio Roig de Leuchsenring, historiador, escritor y periodista, conocedor profundo de la historia de Cuba. De pensamiento muy avanzado mantuvo una posición fuertemente anti-imperialista. “Pensaba que la creación de la conciencia nacional, la defensa de los valores de la cultura y la independencia lograda por el pueblo cubano, constituían una clave interpretativa de nuestra realidad, que permitía contravenir la línea historiográfica oficial”, señaló Eusebio Leal. Tras la muerte de su predecesor, Leal asumió en 1967 la responsabilidad de restaurar el antiguo palacio de gobierno, el edificio más importante desde el punto vista simbólico del centro histórico. Los trabajos duraron once años y permitieron que la obra restauradora ganara prestigio en la opinión pública. “Si mi predecesor, determinado por las circunstancias, sólo pudo desarrollar una obra esencialmente intelectual, a través de la cual se opuso a los desmanes cometidos contra los edificios históricos, la nueva etapa de la historia me daría la posibilidad de realizar la intervención real”, sostuvo el dirigente cubano.

Preservar la cultura

En 1994, en plena crisis posterior a la caída de los denominados socialismos reales, se le confirió la autonomía financiera a la OHCH, que pasó a depender del Consejo de Estado. ¿Cómo lograron en un contexto tan difícil, abordar con éxito el desafío de crear una entidad capaz de acometer un proceso de restauración integral de la ciudad, que contempla no sólo aspectos arquitectónicos, sino también sociales, arqueológicos y culturales?

“En ese período, habíamos acumulado una experiencia importante que nos hizo concluir que era inviable para un país en vías de desarrollo, que además enfrentaba la crisis que usted señala, asumir el proyecto restaurador, soslayando el aspecto social. Teníamos una ciudad habitada, pero sobretodo estábamos insertos en el marco de una revolución social de la cual éramos hijos. La situación se agudizaba y en 1993, el Comandante Fidel Castro, planteó a un grupo de intelectuales que era esencial salvar la cultura nacional. En ese momento, existía consenso en la opinión pública que la OHCH podía liderar ese proceso. En octubre de 1994, Fidel dictó el decreto de ley que concede a la Oficina la personería jurídica, la capacidad de poseer patrimonio y de gestionar sus propios recursos. Además, diseñó él mismo un mecanismo para que no tuviéramos que depender de una hipotética cooperación internacional, que seguramente sería simbólica. Con ello, expresó de manera clara la voluntad política del Estado que La Habana Vieja debía salvarse sin venderse”.

La decisión de preservar el patrimonio cultural de la manera en que ustedes lo han hecho, lejos de criterios mercantiles, implica una voluntad política férrea de la revolución por hacer prevalecer los valores del socialismo. ¿Cuáles han sido los énfasis en el proceso de restauración desarrollado por ustedes y en qué aspectos esenciales se diferencia de experiencias de este tipo en sociedades donde predomina el interés privado sobre lo social?

“Todo proyecto de desarrollo que prescinda de la cultura, sólo genera decadencia. En el decreto que nos constituye se establece que nuestra entidad puede generar recursos propios, siempre y cuando se rija por valores éticos, morales y espirituales lejanos a cualquier interés de tipo mercantil. Esto cobra gran trascendencia en el contexto del turismo, donde a muchas personas no sólo les interesan las playas y la imagen estereotipada de Cuba. Quieren conocer la esencia del pueblo, su capacidad de resistencia, su cultura, uno de cuyos puntos álgidos es la obra de restauración de La Habana Vieja. Allí, el turista tiene la posibilidad de conocer un proyecto que además de embellecer la ciudad, ha permitido crear empleos, formar jóvenes en distintas especialidades en el rubro de la construcción, cautelar y proyectar nuestro patrimonio cultural”.
Independientemente del mecanismo que les permite como oficina autofinanciarse, creando un sector económico propio, ¿han establecido algún tipo de relación o convenio de cooperación internacional?

“A pesar del bloqueo, hemos conseguido apoyo internacional de organizaciones científicas, universidades y agencias de cooperación, en países como España y Bélgica. En el contexto, de una iniciativa de Naciones Unidas creamos el Proyecto de Desarrollo Humano a Nivel Local (PDHL), que contempla dos aspectos fundamentales en la restauración de un barrio habitado: el ámbito monumental y el social y comunitario. Ciertamente, hemos aplicado este criterio en La Habana Vieja, que representa una pequeña Esparta, batallando por su destino. Un verdadero espejo de Cuba”.

Ni calco ni copia

Usted ha definido La Habana como una ciudad ecléctica en la que confluyen distintos tipos de arquitectura, pero que al mismo tiempo posee una identidad muy fuerte que da cuenta de la cubanidad. ¿Puede precisar cuáles son esas tendencias arquitectónicas que convergen entre sí y cómo a partir de ese encuentro surge una ciudad que representa de manera fiel la cultura local?

“La ciudad marcó a partir de su establecimiento definitivo en 1519 una ruta en el crucero americano. La isla y la ciudad están en el corazón del mediterráneo y por ello Cuba fue siempre definida por los precursores del pensamiento y de la identidad nacional, como isla en lo geográfico, pero no en lo cultural. Siempre hemos mirado hacia el continente al que pertenecemos y también hacia el mundo. Así llegaron las distintas tendencias. Primero las ideas, luego la arquitectura y la forma, con las contradicciones y fenómenos propios de una sociedad colonial, basada en la explotación azucarera, del café, las maderas, del comercio de flotas, del cual La Habana fue punto central. Por eso, no es extraño que la arquitectura de las ciudades históricas de Cuba y particularmente de La Habana, refleje una visión del mundo, no como copia, sino siempre con una interpretación”.

Una interpretación que es la síntesis de un encuentro de culturas donde la identidad local se enriquece y prevalece

“Nada es como nos lo dicen, sino cómo nosotros lo interpretamos y cómo lo plasmamos luego en nuestra realidad geográfica, climatológica y sobretodo del ser cubano. Somos un pueblo mestizo en la sangre y en la cultura. En nuestro origen está el reflejo del mundo árabe, a través de España, de los esclavos del África diversa, el judaísmo y el cristianismo, las huellas indígenas borradas por la conquista. De todo ello nació una identidad propia”.

Es una realidad interesante, que demuestra que lo global puede confluir de manera armónica con lo local y enriquecerse mutuamente. Justamente lo contrario, que se busca imponer, a través de la globalización neoliberal: borrar las identidades culturales locales y lograr una hegemonía absoluta.

“El todos y el nosotros no es más que una suma de individualidades. En la revolución, el concepto del pueblo es una suma de individuos y no la destrucción de los individuos. Se promueve la participación plena de la persona, la entrega de su talento y creatividad. Si analizamos esto a escala mundial, vemos que es importante aceptar que toda modernidad ha sido necesariamente precedida por otra; que vivimos un proceso más global que nunca antes en la historia, producto del desarrollo tecnológico y de los medios de comunicación; y que por ello, también es más importante que nunca preservar la identidad de cada uno de nosotros. Si en este proceso de homologación hemos luchado tanto por la unidad, debemos luchar también por la singularidad”.

Una de las características más particulares de la revolución cubana es que en lo ideológico también ha existido una síntesis entre lo global y lo local. El aporte de Marx y Lenin ha sido y es central, pero el pensamiento y acción de José Martí, Félix Varela, José Antonio Saco, Fidel Castro y el Che, también lo son. ¿Qué importancia le asigna usted a este elemento y qué papel ha jugado para la supervivencia y proyección de la Revolución?

“En la medida que las vanguardias intelectuales cubanas fueron descubriendo el pensamiento más avanzado a escala mundial, se produjo una identificación con el ideal del socialismo. Sin embargo, existía un antecedente local que fue esencial para nosotros: José Martí. En el pensamiento de Fidel hay tres fuentes fundamentales: su formación marxista, cristiana y martiana. Por eso, para América Latina, el discurso tenía que ser completamente diferente. El Che expresó muy bien esa búsqueda de un pensamiento y una praxis propia. Como Mariátegui, que antes había planteado la necesidad que el socialismo no fuera una copia, sino una creación heroica. Cuando hemos sido consecuentes con esto nos hemos acercado a la verdad. Las veces que copiamos nos hemos equivocado”.

Armando Hart, ex ministro de Educación y de Cultura de Cuba, en su libro Cultura para el Desarrollo, plantea que la importancia que ha dado Cuba a la educación, a la cultura y a la promoción de valores éticos, ha sido fundamental para la sobrevivencia y fortalecimiento de la revolución. ¿Qué opina al respecto?

“El reciente informe de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), sitúa a Cuba en el primer lugar del continente en educación. Por cierto, ello es resultado de una labor incansable de la revolución, que desde el primer día fomentó la educación y la cultura del pueblo. También ha sido fundamental la promoción constante de valores como la solidaridad, generosidad, la voluntad de colaborar con cualquier pueblo de la tierra, la vocación americanista. No tenemos frontera con ningún estado y el mar lejos de separarnos nos ha unido. Tenemos un sentimiento que navega fácil gracias al idioma, que ha sido nuestra fuerza esencial y ha jugado un papel unitario que debemos agradecer”.

¿Cómo ve usted el futuro de la Revolución? ¿Cuáles son sus desafíos?

“Celebramos anticipadamente la caída de la décima administración norteamericana que ha pretendido hundir nuestro proceso. Lo hacemos viendo el descrédito del imperialismo en su afán por apoderarse de Cuba. El descrédito de su guerra mendaz y criminal en el medio oriente; el desastre provocado en la economía estadounidense y la crisis a la que arrastra al mundo. Todo ello, refuerza nuestra confianza en la razón que ha motivado la resistencia del pueblo cubano, cuando nos acercamos a celebrar 50 años de revolución. Sin duda, afrontamos nuevas realidades y desafíos, donde se requieren interpretaciones más audaces de la realidad, a las cuales debemos arribar sin premura, con la cautela propia del mundo complejo en el que vivimos. No obstante, nuestro deber es consolidar la obra social de la revolución. Porque independientemente que para salvarla hayamos tenido que dejar en el camino jirones de nuestra piel, jamás abandonamos nuestras ideas. Hemos sido consecuentes y creemos más que nunca que la solidaridad, la hermandad y la justicia social son el único camino”.Tomado de Cubadebate

Todo lo que vive lucha por vivir y los procesos sociales no son la excepción. En un mundo asolado por la tempestad globalizadora, donde los modernos emperadores quieren imponer una dictadura neoliberal a cualquier precio, la defensa de la identidad cultural de los pueblos es un deber irrenunciable. Desde los centros de poder liderados por Estados Unidos, se promueve un “choque de culturas”, que tiene como objetivo imponer un orden desigual para cautelar los privilegios de una minoría enajenada con el lucro. La crisis del sistema es innegable y los halcones en su vuelo de rapiña arrasan territorios a la caza de recursos naturales. A través de la mentira, devenida en discurso ideológico de carácter hegemónico, construyen la retórica y el “marco legal” para borrar del planeta cualquier vestigio de singularidad o disenso. No obstante, todo poder genera resistencia y la posibilidad cierta de erigir una realidad moralmente distinta, donde las culturas fluyan y se encuentren en una lógica de respeto y colaboración. La relación entre lo global y lo local – si no es determinada por el interés mercantil del más fuerte – puede ser de armonía y beneficio mutuo. Para que esto sea posible, en el mundo de hoy, es esencial defender la cultura local y fortalecer la identidad de los pueblos.
Un claro ejemplo de ello, es el Programa de Restauración del Centro Histórico de la Ciudad de La Habana Vieja, impulsado por el Comandante Fidel Castro a comienzos de la década de los noventa, ante la necesidad de preservar la cultura nacional, en el contexto de la crisis posterior al derrumbe del campo socialista. La entidad encargada de liderar ese proceso ha sido la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana (OHCH), dirigida por Eusebio Leal Spengler, doctor en Ciencias Históricas, especialista en Ciencias Arqueológicas de la Universidad de La Habana, quien además es miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCCU).
La obra realizada por Leal, ha sido reconocida a nivel internacional. En noviembre de 2007, le fue otorgado el Premio Internacional “Reina Sofía” de Conservación y Restauración del Patrimonio Cultural, por su importante contribución al programa de rehabilitación de La Habana Vieja y su impacto en la promoción de ese lugar histórico de la ciudad. El dirigente, integró la delegación cubana que asistió recientemente a los actos de celebración de los 100 años del nacimiento del ex Presidente Salvador Allende en Chile, oportunidad en la que conversó con Punto Final.
La OHCH, fue creada en 1937, liderada por Emilio Roig de Leuchsenring, historiador, escritor y periodista, conocedor profundo de la historia de Cuba. De pensamiento muy avanzado mantuvo una posición fuertemente anti-imperialista. “Pensaba que la creación de la conciencia nacional, la defensa de los valores de la cultura y la independencia lograda por el pueblo cubano, constituían una clave interpretativa de nuestra realidad, que permitía contravenir la línea historiográfica oficial”, señaló Eusebio Leal. Tras la muerte de su predecesor, Leal asumió en 1967 la responsabilidad de restaurar el antiguo palacio de gobierno, el edificio más importante desde el punto vista simbólico del centro histórico. Los trabajos duraron once años y permitieron que la obra restauradora ganara prestigio en la opinión pública. “Si mi predecesor, determinado por las circunstancias, sólo pudo desarrollar una obra esencialmente intelectual, a través de la cual se opuso a los desmanes cometidos contra los edificios históricos, la nueva etapa de la historia me daría la posibilidad de realizar la intervención real”, sostuvo el dirigente cubano.

Preservar la cultura

En 1994, en plena crisis posterior a la caída de los denominados socialismos reales, se le confirió la autonomía financiera a la OHCH, que pasó a depender del Consejo de Estado. ¿Cómo lograron en un contexto tan difícil, abordar con éxito el desafío de crear una entidad capaz de acometer un proceso de restauración integral de la ciudad, que contempla no sólo aspectos arquitectónicos, sino también sociales, arqueológicos y culturales?

“En ese período, habíamos acumulado una experiencia importante que nos hizo concluir que era inviable para un país en vías de desarrollo, que además enfrentaba la crisis que usted señala, asumir el proyecto restaurador, soslayando el aspecto social. Teníamos una ciudad habitada, pero sobretodo estábamos insertos en el marco de una revolución social de la cual éramos hijos. La situación se agudizaba y en 1993, el Comandante Fidel Castro, planteó a un grupo de intelectuales que era esencial salvar la cultura nacional. En ese momento, existía consenso en la opinión pública que la OHCH podía liderar ese proceso. En octubre de 1994, Fidel dictó el decreto de ley que concede a la Oficina la personería jurídica, la capacidad de poseer patrimonio y de gestionar sus propios recursos. Además, diseñó él mismo un mecanismo para que no tuviéramos que depender de una hipotética cooperación internacional, que seguramente sería simbólica. Con ello, expresó de manera clara la voluntad política del Estado que La Habana Vieja debía salvarse sin venderse”.

La decisión de preservar el patrimonio cultural de la manera en que ustedes lo han hecho, lejos de criterios mercantiles, implica una voluntad política férrea de la revolución por hacer prevalecer los valores del socialismo. ¿Cuáles han sido los énfasis en el proceso de restauración desarrollado por ustedes y en qué aspectos esenciales se diferencia de experiencias de este tipo en sociedades donde predomina el interés privado sobre lo social?

“Todo proyecto de desarrollo que prescinda de la cultura, sólo genera decadencia. En el decreto que nos constituye se establece que nuestra entidad puede generar recursos propios, siempre y cuando se rija por valores éticos, morales y espirituales lejanos a cualquier interés de tipo mercantil. Esto cobra gran trascendencia en el contexto del turismo, donde a muchas personas no sólo les interesan las playas y la imagen estereotipada de Cuba. Quieren conocer la esencia del pueblo, su capacidad de resistencia, su cultura, uno de cuyos puntos álgidos es la obra de restauración de La Habana Vieja. Allí, el turista tiene la posibilidad de conocer un proyecto que además de embellecer la ciudad, ha permitido crear empleos, formar jóvenes en distintas especialidades en el rubro de la construcción, cautelar y proyectar nuestro patrimonio cultural”.
Independientemente del mecanismo que les permite como oficina autofinanciarse, creando un sector económico propio, ¿han establecido algún tipo de relación o convenio de cooperación internacional?

“A pesar del bloqueo, hemos conseguido apoyo internacional de organizaciones científicas, universidades y agencias de cooperación, en países como España y Bélgica. En el contexto, de una iniciativa de Naciones Unidas creamos el Proyecto de Desarrollo Humano a Nivel Local (PDHL), que contempla dos aspectos fundamentales en la restauración de un barrio habitado: el ámbito monumental y el social y comunitario. Ciertamente, hemos aplicado este criterio en La Habana Vieja, que representa una pequeña Esparta, batallando por su destino. Un verdadero espejo de Cuba”.

Ni calco ni copia

Usted ha definido La Habana como una ciudad ecléctica en la que confluyen distintos tipos de arquitectura, pero que al mismo tiempo posee una identidad muy fuerte que da cuenta de la cubanidad. ¿Puede precisar cuáles son esas tendencias arquitectónicas que convergen entre sí y cómo a partir de ese encuentro surge una ciudad que representa de manera fiel la cultura local?

“La ciudad marcó a partir de su establecimiento definitivo en 1519 una ruta en el crucero americano. La isla y la ciudad están en el corazón del mediterráneo y por ello Cuba fue siempre definida por los precursores del pensamiento y de la identidad nacional, como isla en lo geográfico, pero no en lo cultural. Siempre hemos mirado hacia el continente al que pertenecemos y también hacia el mundo. Así llegaron las distintas tendencias. Primero las ideas, luego la arquitectura y la forma, con las contradicciones y fenómenos propios de una sociedad colonial, basada en la explotación azucarera, del café, las maderas, del comercio de flotas, del cual La Habana fue punto central. Por eso, no es extraño que la arquitectura de las ciudades históricas de Cuba y particularmente de La Habana, refleje una visión del mundo, no como copia, sino siempre con una interpretación”.

Una interpretación que es la síntesis de un encuentro de culturas donde la identidad local se enriquece y prevalece

“Nada es como nos lo dicen, sino cómo nosotros lo interpretamos y cómo lo plasmamos luego en nuestra realidad geográfica, climatológica y sobretodo del ser cubano. Somos un pueblo mestizo en la sangre y en la cultura. En nuestro origen está el reflejo del mundo árabe, a través de España, de los esclavos del África diversa, el judaísmo y el cristianismo, las huellas indígenas borradas por la conquista. De todo ello nació una identidad propia”.

Es una realidad interesante, que demuestra que lo global puede confluir de manera armónica con lo local y enriquecerse mutuamente. Justamente lo contrario, que se busca imponer, a través de la globalización neoliberal: borrar las identidades culturales locales y lograr una hegemonía absoluta.

“El todos y el nosotros no es más que una suma de individualidades. En la revolución, el concepto del pueblo es una suma de individuos y no la destrucción de los individuos. Se promueve la participación plena de la persona, la entrega de su talento y creatividad. Si analizamos esto a escala mundial, vemos que es importante aceptar que toda modernidad ha sido necesariamente precedida por otra; que vivimos un proceso más global que nunca antes en la historia, producto del desarrollo tecnológico y de los medios de comunicación; y que por ello, también es más importante que nunca preservar la identidad de cada uno de nosotros. Si en este proceso de homologación hemos luchado tanto por la unidad, debemos luchar también por la singularidad”.

Una de las características más particulares de la revolución cubana es que en lo ideológico también ha existido una síntesis entre lo global y lo local. El aporte de Marx y Lenin ha sido y es central, pero el pensamiento y acción de José Martí, Félix Varela, José Antonio Saco, Fidel Castro y el Che, también lo son. ¿Qué importancia le asigna usted a este elemento y qué papel ha jugado para la supervivencia y proyección de la Revolución?

“En la medida que las vanguardias intelectuales cubanas fueron descubriendo el pensamiento más avanzado a escala mundial, se produjo una identificación con el ideal del socialismo. Sin embargo, existía un antecedente local que fue esencial para nosotros: José Martí. En el pensamiento de Fidel hay tres fuentes fundamentales: su formación marxista, cristiana y martiana. Por eso, para América Latina, el discurso tenía que ser completamente diferente. El Che expresó muy bien esa búsqueda de un pensamiento y una praxis propia. Como Mariátegui, que antes había planteado la necesidad que el socialismo no fuera una copia, sino una creación heroica. Cuando hemos sido consecuentes con esto nos hemos acercado a la verdad. Las veces que copiamos nos hemos equivocado”.

Armando Hart, ex ministro de Educación y de Cultura de Cuba, en su libro Cultura para el Desarrollo, plantea que la importancia que ha dado Cuba a la educación, a la cultura y a la promoción de valores éticos, ha sido fundamental para la sobrevivencia y fortalecimiento de la revolución. ¿Qué opina al respecto?

“El reciente informe de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), sitúa a Cuba en el primer lugar del continente en educación. Por cierto, ello es resultado de una labor incansable de la revolución, que desde el primer día fomentó la educación y la cultura del pueblo. También ha sido fundamental la promoción constante de valores como la solidaridad, generosidad, la voluntad de colaborar con cualquier pueblo de la tierra, la vocación americanista. No tenemos frontera con ningún estado y el mar lejos de separarnos nos ha unido. Tenemos un sentimiento que navega fácil gracias al idioma, que ha sido nuestra fuerza esencial y ha jugado un papel unitario que debemos agradecer”.

¿Cómo ve usted el futuro de la Revolución? ¿Cuáles son sus desafíos?

“Celebramos anticipadamente la caída de la décima administración norteamericana que ha pretendido hundir nuestro proceso. Lo hacemos viendo el descrédito del imperialismo en su afán por apoderarse de Cuba. El descrédito de su guerra mendaz y criminal en el medio oriente; el desastre provocado en la economía estadounidense y la crisis a la que arrastra al mundo. Todo ello, refuerza nuestra confianza en la razón que ha motivado la resistencia del pueblo cubano, cuando nos acercamos a celebrar 50 años de revolución. Sin duda, afrontamos nuevas realidades y desafíos, donde se requieren interpretaciones más audaces de la realidad, a las cuales debemos arribar sin premura, con la cautela propia del mundo complejo en el que vivimos. No obstante, nuestro deber es consolidar la obra social de la revolución. Porque independientemente que para salvarla hayamos tenido que dejar en el camino jirones de nuestra piel, jamás abandonamos nuestras ideas. Hemos sido consecuentes y creemos más que nunca que la solidaridad, la hermandad y la justicia social son el único camino”.

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