Carlos Manuel de Céspedes: Símbolo del alma cubana

noviembre 23, 2011

Por: Magda Resik Aguirre

Un cespediano confeso es sin dudas el Historiador de la Ciudad de La Habana, para quien la fascinación por ese prohombre de la independencia nacional se reafirmó cuando tuvo en sus manos, luego de una larga búsqueda, la libreta y el pequeño librito que recoge las incidencias a modo de diario, de la vida de Céspedes desde el 25 de julio de 1873 hasta el día de su muerte el 27 de febrero de 1874

En la soledad de sus últimos días en San Lorenzo, escribió la larga carta a semejanza de un diario, donde contaba a su amada Ana de Quesada los rigores de su apartado refugio, convencido de que muy poco le hacía falta para vivir al otrora Presidente de la República en Armas.
Su casita de guano, como la describe, estaba cobijada con buenas maderas, y tenía dos cuartos forrados de palma y tabla de cedro donde una hamaca, una mesita escritorio, un banco, las armas y otros utensilios… conformaban el universo al cual se había reducido su grandeza humana. La comida no faltaba, el cariño del vecindario pues “raro es el día que no recibimos visitas” y el baño en el riachuelo cercano a donde vertían las aguas del Contramaestre.
A esas alturas el amor filial lo sostenía ante cualquier desgarradura: “Algún consuelo recibo con ver diariamente vuestros retratos. Los enseño a casi todos los patriotas que se encuentran conmigo. La mayor parte, especialmente las mujeres, me piden que se los enseñe. Hacen mil aspavientos de admiración y les echan un millón de bendiciones, deseando todos que volvamos a reunirnos.” Carlos Manuel de Céspedes sólo rogaba a su Ana, en pago al amor, la abnegación y fidelidad mantenidas en la distancia, unido al estoico cuidado de los gemelos Gloria de los Dolores y Carlos Manuel, que le creyera lo sumamente doloroso que resultaba para él estar separado de ellos.
Algunos grandes hombres de la Historia han enfrentado sus destinos en soledad, envueltos en la marea de la mezquindad humana y las ambiciones de poder. Sin embargo, su esplendor prospera invariablemente tras la muerte y se reproduce en la inspiración creciente que representan para aquellos patriotas por nacer. Céspedes fue uno de ellos.
Contaba con el heroísmo de los cubanos para consumar la independencia y con la virtud de sus coterráneos para consolidar la República, cuando en 1869 fue nombrado Presidente. A sus seguidores, que no eran pocos, les prometía abnegación y con su propia vida dio pruebas del cumplimiento del compromiso adquirido, en el sacrificio y la renuncia al poder y el bienestar material.
Los ideales de los hombres del 68, como se conoce a la generación de criollos que se alzaron en armas contra el dominio español, progresaron en la discreción de la masonería. La Logia Buena Fe, agrupó en territorio manzanillero a los líderes de la Revolución palpitante un 26 de julio de 1868; como si esa fecha estuviera predestinada en la historia de Cuba.
Bajo la dirección de Céspedes, el venerado Maestro de esa logia, se clarificaron las ideas que unieron a los hombres visionarios de la Guerra de los Diez Años. Existía entonces “un catecismo de conocimientos básicos, un sistema pedagógico, filosófico, político, para la educación y la formación del pueblo”. Se afianzaba en el lema “Ciencia y virtud. Ciencia y conciencia”, el pensamiento emancipador del maestro José de la Luz y Caballero. Se convenía en la necesidad de la igualdad social y se designaba a las clases más desposeídas como únicas dadas a convertir al mundo en un pueblo de hermanos.
Y por sobre todas las cosas, se concebía a la patria dentro de la más pura tradición del pensamiento revolucionario cubano iniciado por Félix Varela: “La patria es (…) el núcleo social y cultural de las tradiciones y hábitos del pueblo y, sobre todo, fuente de justicia social y proyección hacia un porvenir común, justo y libre”.
Un cespediano confeso es sin dudas el Historiador de la Ciudad de La Habana, para quien la fascinación por ese prohombre de la independencia nacional se reafirmó cuando tuvo en sus manos, luego de una larga búsqueda, la libreta y el pequeño librito que recoge las incidencias a modo de diario, de la vida de Céspedes desde el 25 de julio de 1873 hasta el día de su muerte el 27 de febrero de 1874. La letra pequeñísima que presumía el ahorro del espacio, exhibía sin embargo, caracteres claros y precisos. El luchador incansable había dedicado sus anotaciones a su amada Anita, a quien privaron del consolador goce de la lectura de aquellas percepciones de su hombre.
Para Eusebio Leal, la grandeza de Céspedes reside en su condición humana. Era irascible y de genio tempestuoso y entre los sacrificios que le impuso la Revolución, el más doloroso – como lo confesó por escrito – fue el de su carácter. Sin embargo, esa naturaleza voluntariosa y enérgica lo llevó también a la osadía de lanzar la clarinada independentista.
Cuando se desbarrancó su cuerpo en la escarpada geografía de San Lorenzo “ (…) muchos lloraron por aquel caballero extraño que compartía por doquier sus escasísimos bienes personales, con la misma serenidad con que una vez, siendo señor de vidas y haciendas, había optado por la vocación infinitamente superior de revolucionario”.
Cada 10 de octubre, con la disciplina y devoción propias de quienes reconocen la trascendencia del legado cespediano, los cubanos de varias generaciones se reúnen al pie de la estatua del Padre de la Patria, en la Plaza de Armas, para luego peregrinar a la Sala de las Banderas del Museo de la Ciudad. El otrora Palacio de los Capitanes Generales – cual símbolo de la irreversibilidad de la independencia nacional – atesora hoy las más importantes insignias mambisas, entre ellas y en un sitial de honor, la que ondeó en el ingenio La Demajagua aquel día de 1868.
La ceremonia durante la cual las notas originales del Himno de Bayamo parecen regresarnos en el tiempo, se ha convertido en una tradición que el Historiador ha sabido instituir, cumpliendo con otro de los legados plenos de simbolismo, de su predecesor Emilio Roig de Leuchsenring.
“El Museo de la Ciudad en su reinauguración, en el año 1968 – cuenta Leal – abrió sus puertas con motivo de la celebración del primer centenario del 10 de Octubre. Fue un acuerdo y una bonita sugerencia de nuestra querida e inolvidable amiga y compañera Celia Sánchez quien había tomado de su padre, el Doctor Manuel Sánchez Silveira, esa vocación  profundamente martiana y cespediana.
“Se había creado una comisión Nacional para la celebración del centenario, presidida por el Comandante Faustino Pérez, otra gran personalidad de la historia de la Revolución. Él me brindó todo su apoyo y nosotros trabajamos con mucho ardor para concluir la primera parte del Museo de la Ciudad, que no incluía lo que años más tarde sería la realización principal: la Sala de las Banderas, a donde peregrinamos cada 10 de octubre luego de rendir homenaje a Céspedes al pie de la estatua que se levantó al centro de la Plaza de Armas.”

Monumento a Fernando VII en la Plaza Vieja, anterior al de Céspedes

El colocar esa estatua al centro de la Plaza de Armas se convirtió en una de las grandes batallas de su predecesor Emilio Roig. ¿Cómo ganó el primer Historiador de La Habana esa contienda?
Era paradójico que en La Habana no existiese un monumento a Céspedes, el Padre de la Patria.  El único consagrado a él lo habían levantado con esfuerzo propio dos maestros: Hortensia Pichardo y su esposo Fernando Portuondo.  Ellos eran profesores del Instituto de la Víbora institución frente a la cual develaron un modesto busto.
A partir de ese momento, comenzó una batalla ―una batalla de Hortensia, Fernando y lógicamente del Doctor  Roig―, para hacer esculpir una obra magnificente que representase a Céspedes, como le llamó algún biógrafo, el héroe dandy, vestido elegantemente, como el día de su muerte, con sus mejores galas, mirando al futuro.
Eso suponía retirar de la Plaza de Armas la estatua del rey Fernando VII, figura abominable de la historia, no sólo de la monarquía española, sino de la política internacional de aquel tiempo, caracterizada por las relaciones complejas entre España y Francia, la invasión de Napoleón a España, y las sucesivas traiciones de Fernando VII a su padre, al movimiento liberal, a los militares leales a la causa de la independencia nacional. Finalmente, el hombre que reprimió con mano tan cruel y dura a todo el movimiento progresista español y americano de su tiempo.
Muchas personas, algunos intelectuales e historiadores, no fueron partidarios de aquél acto del Doctor Roig. Se conserva todo un expediente de las críticas que le hicieron planteando el dilema del monumento histórico a Fernando VII que debía permanecer ahí. Roig se defiende como gato boca arriba y coloca el monumento porque él sabe que el rey seguía en el poder en la Cuba de ese momento, simbólicamente, representado por la tiranía viciosa, corrupta, decadente y criminal.  Al decidir colocar la estatua de Céspedes lo hizo buscando un símbolo propicio al alma de Cuba.
Coloca la estatua, sin embargo, no destruye la de Fernando VII y decide guardarla en el Museo.
Cuando a mí se me presentó el dilema en el momento de la restauración de la Plaza de Armas – donde se rescataban las esencias de la plaza original -, era imposible en nombre de ningún principio, recolocar la de Fernando VII.  Quizás, de haber ocurrido el debate hoy, la estatua a lo mejor estaría ahí, porque Céspedes ya pertenecía a todos los cubanos y merecía y merece un monumento mayor.
Esto le respondí a Carlos Rafael Rodríguez cuando él me preguntó sobre el particular, porque había sido testigo de aquel debate que  tanto hirió a Emilio Roig.  Nosotros volvimos a colocar entonces la de Fernando VII en un ángulo de la plaza, con la misma lápida que el Doctor Roig redactó para su exhibición posterior, y que lo explica todo. No hay quien pase por la Plaza de Armas que no se detenga a leerla. Es una lección permanente que mi predecesor nos dio a todos, porque es preferible explicar los monumentos y la historia, y no ocultarla.

Estatua de Carlos Manuel de Céspedes en la Plaza de Armas

¿Cuáles fueron las condiciones personales, las circunstancias de vida que hicieron de Céspedes el hombre de la Revolución independentista?  ¿Por qué él y no otro?
El papel del hombre en la historia solamente lo niegan los mezquinos y las pequeñas hormigas pensantes. Céspedes fue el líder de aquel movimiento y ese liderazgo lo obtiene, primero, por sus antecedentes.
Vamos a pensar que era un hombre de la cultura;  hablaba seis idiomas. Desde la edad de once años empezó la tarea de traducir, por ejemplo, los cantos de La Eneida del latín; hizo una excelente traducción. Como abogado que fue, había estudiado latín, griego, inglés, hablaba perfectamente el francés y el italiano.  Eso le permitió, cuando concluye su carrera en Barcelona titulándose de Abogado del Reino, realizar un largo viaje que lo lleva a Inglaterra, Francia, Italia, Turquía…
Recientemente ha ocurrido un acontecimiento muy interesante, que es la aparición de la reproducción en un grabado de un cuadro probable, en el cual se ilustra una reunión insólita en París, donde aparecen Céspedes, la Avellaneda, la condesa de Merlín…  Si esto es verdad, nos encontramos a una figura que en aquel entorno estuvo muy motivada por las ideas más avanzadas del pensamiento y la cubanía.
Céspedes era un excelente equitador, buen esgrimista, un jugador de ajedrez que solía a veces terminar las partidas de espaldas, por su conocimiento del tablero. Era un orador apasionado. Cuando se le permite ejercer y realiza los ejercicios profesionales en Cuba, al regresar a Bayamo convertido en abogado, llega a ser uno de los más solicitados letrados defensores de determinadas causas.
Debo recordar que antes había realizado sus estudios en la capital, en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio y en la Universidad de La Habana. Quiere decir, estuvo en los dos espacios donde se debatía el pensamiento cubano en esta ciudad.  Y todos los días, en su camino desde la Universidad al Seminario, o desde el Seminario a la Universidad, debía pasar Liceo Artístico y Literario donde se reunía la flor y nata de la intelectualidad del país.
Desde el año 1850 figura como un hombre peligroso para la autoridad española, como alguien que es asiduo a tertulias culturales que enmascaran un proyecto político.  Sufre numerosas prisiones: prisión en Manzanillo, desterrado a Baracoa, en el Morro de Santiago de Cuba, en las húmedas cámaras del navío Soberano, anclado en el puerto santiaguero como reliquia de la batalla de Trafalgar.
Finalmente, empiezan a fundarse las logias masónicas. La masonería fue la institución más progresista y amante de la libertad de ese tiempo;  el gran legado liberal  ―y yo diría casi romántico― de la masonería que aspira en esa época en Cuba a una sociedad sin esclavos. Céspedes lo expresa en su poema autobiográfico Contestación.
Me faltó este detalle: es también un poeta.  Y hay que ver cómo influyó la poesía y la literatura en la forja de un sentimiento nacional: Heredia, la Avellaneda;  los que rodean a Céspedes, José Fornaris, Francisco Castillo, son poetas.  Ellos tres van a ser los creadores de La Bayamesa, que se cantó al pie de la ventana de una muy bella bayamesa y que constituye La Marsellesa de los cubanos.
Céspedes tenía un parentesco familiar con otra figura muy clave en esta historia, que es Pedro Figueredo, y con otro gran caballero, que se llamó Francisco Vicente Aguilera.
Se va a crear por esa época una logia muy importante denominada Buena Fe ―ya esto precede al levantamiento― en la cual participaban no sólo cubanos sino también españoles liberales que anhelaban el cambio y la transformación de Cuba.
Es muy probable ―es un tema que se discute― que el levantamiento se fija para una fecha determinada, pero se pospone una y otra vez buscando circunstancias propicias. Finalmente se va a llegar a un acuerdo: si la conspiración es descubierta ―como casi todas las conspiraciones―, el primero que se alce será secundado por los demás.

¿Y sucedió que la conspiración fue descubierta y Céspedes fue el primero en alzarse?
Esa es una hipótesis.

¿Es cierto que una fecha de gran importancia para la corona española también pudo motivar el momento del alzamiento?
El 10 de octubre era la onomástica de la reina Isabel II y fiesta oficial que se celebraba desde la Capitanía General de La Habana hasta la última tenencia de gobierno en el interior del país. Antes, durante otra celebración que se había preparado con motivo del nacimiento de la princesa de Asturias , Céspedes había organizado un baile que se consideró una actitud desafiante a la autoridad.  Él fue acusado por esto.  Hubo una causa incoada porque se pidió prestado para esta circunstancia un retrato de la reina Isabel II, que corrió la misma suerte del colocado en la Universidad de La Habana: fue rasgado.
Horas antes del 10 de octubre, día del cumpleaños de la reina, se había detectado un movimiento insurreccional. El Gobernador de Oriente había sido advertido por distintos jefes políticos y militares de que sonaban cascabeles, espuelas y machetes en aquella zona.  Se hablaba incluso de que se habían comprado armas, que habían desembarcado por un determinado punto; se generan muchas informaciones contradictorias.
En realidad, armas tenían muy pocas. En una memorable conversación había afirmado a su interlocutor: “las armas las tienen ellos”, en un llamado por arrebatarlas al enemigo.
Finalmente, en vísperas del 10 de octubre, la Capitanía General ordena que se haga una recogida de todos los elementos que se suponía estaban en la conspiración.  De ahí que Céspedes acuda al 10 de octubre.
Para mí puede ser una maravillosa coincidencia, o puede ser algo propio de una persona tan inteligente como él que, en una reunión previa en uno de sus lugares predilectos, San Miguel del  Rompe, afirmó que el poder de España estaba caduco y carcomido porque hacía siglos lo miraban de rodillas.  “¡Levantémonos!”, clama Céspedes. Quiere decir que su voluntad es esta, contra la opinión de compañeros que planteaban que era necesario esperar a una nueva zafra para poder comprar armas y avituallarse. Esa era quizás una política prudente, que venía como recomendación de los conspiradores de La Habana, quienes prometieron su apoyo. Eran grupos fundamentalmente reformistas, que se habían asustado con las acciones conspirativas de López en 1849, 1850 y 1851 y no movieron un dedo para salvarlo; participaron de las conspiraciones pero finalmente lo dejaron solo.
Por vez primera en realidad y con una visión de independencia y de abolición de la esclavitud, se tomaban las armas, diferenciándose de todos los movimientos anteriores. Lo que lógicamente no estaba claro en 1849, ni en 1850, ni en 1851, para Céspedes sí lo estaba en 1868.
Su lucidez se fundaba en las cualidades de un hombre de vasta cultura, joven que aunque tenía 50 años, era uno de los mayores entre los jefes más importantes que se levantaron en armas.
Inmediatamente que se produce el levantamiento en La Demajagua, empiezan a eclosionar distintos puntos de Manzanillo, Jiguaní y toda esa zona oriental. La gente se levanta, acuden partidas armadas y muy pronto el polvorín estuvo encendido y recibió un nombre: El grito de Yara.

Alzamiento en La Demajagua


¿Por qué la Revolución tomó el nombre de Yara y no de La Demajagua?

Hortensia Pichardo se lo preguntaba y lo hablamos muchas veces. Céspedes mismo lo explicó en su último diario.  Contó que aquella madrugada saliendo de La Demajagua donde se reunieron los que acudieron a su llamado, se dirigieron a Yara sitio en el cual ocurrió el primer lance con tropas españolas.
Se produjo entonces un intercambio de disparos, una confusión ―cuentan que llovía―; lo cierto es que momentáneamente Céspedes se queda con un puñado de gente ―se dice que fueron 12― y con la bandera que había bordado en el ingenio Candelaria Acosta (Cambula) .  Se trataba de una bandera diferente a la concebida por Narciso López y Joaquín de Agüero (la bandera que los acompañó en las expediciones de 1849, de 1850 y de 1851).
Para mí representa una incógnita el por qué Céspedes cambió ese diseño, cuando nadie podía olvidar aquella bandera.  Más tarde, en Guáimaro, se va a acordar que la enseña nacional sea la de López y de Agüero. Sin embargo, para no agraviar a Oriente y a Céspedes, quien había sido el primero en levantarse, la resultante de su diseño – que es como el de la bandera de la República de Chile con los colores invertidos -, presidía las sesiones de la Cámara, y posteriormente, las del Congreso cubano.
Por acuerdo No. 1 de la Asamblea Nacional del Poder Popular al constituirse, las dos banderas rigen en su sala de reuniones. También Céspedes está muy presente cada vez que entonamos el himno nacional. El 20 de octubre, tras tomar la ciudad de Bayamo, Pedro Figueredo dio a conocer aquellos trazos musicales que había compuesto, una especie de síntesis de ciertas melodías que eran muy importantes y hasta populares.
Me decía el maestro Manuel Duchesne Morillas, padre de Manuel Duchesne Cuzán, que se descubrían algunos antecedentes en el himno cubano.  Exhibía una gran inspiración patriótica y fue compuesto sin letra, para acompañar la procesión del Corpus Christi  en la Iglesia de Bayamo.  La Marsellesa francesa venía por detrás sigilosamente;  un poquito ―decía Duchesne― del Barbero de Sevilla, y finalmente, en la lucha, se va convirtiendo en lo que es actualmente: una gran marcha revolucionaria y el Himno Nacional de los cubanos.  Pero no tenía letra.
El 20 de octubre, después que Céspedes personalmente intercede para la capitulación de los que estaban sitiados en Bayamo, nace la primera capital de la Revolución y el primer ayuntamiento revolucionario, en el cual Céspedes se preocupa de proponer e incorporar por vez primera a gente que no eran de la raza blanca y que habían sido hasta ese momento absolutamente discriminados.
No olvidemos que el 10 de octubre, en su finca La Demajagua, donde producía las mejores cañas y había logrado rehacer su quebrantada fortuna de años anteriores, tenía obreros asalariados;  es decir, ya él estaba pasando a una forma superior de producción;  la producción esclavista cede al capitalismo, que era lo más revolucionario de aquel tiempo y que nos llegaba tardíamente, por ser una sociedad esclavista.
Céspedes trabajaba con obreros asalariados;  pero tenía en todas sus fincas, según los datos existentes, 53 esclavos que había adquirido con la propiedad que la casa  Venecia de La Habana  le había extendido por la finca La Demajagua, que estaba en un lugar privilegiado, frente al Golfo de  Guacanayabo con la sierra al fondo.
En el ingenio había sólo un puñado de esclavos, los suficientes al ser liberados por Céspedes para convertirse en símbolo de su voluntad: la mezcla del polvorín estaba encendida.
Allí se emplazaban las distintas fincas de Céspedes y de otras familias que también figuraban en la conspiración, como la de Francisco Maceo Osorio, la familia de Titá Calvar, la de Jaime Santiesteban, todos esos nombres aparecen entre los que ese día salen.
El que no está es Francisco Vicente Aguilera, porque lo sorprende la noticia allá en Cabaniguán, en su latifundio, de donde viene con todos sus monteros, con toda su gente, echando al fuego una de las más grandes fortunas de Cuba, después de haberlo puesto en venta todo.  Era el hombre más rico entre todos ellos.
Fue llamado El Precursor sin Gloria, porque durante mucho tiempo los historiadores se debatieron en los temas puramente personales, y no vieron el proceso social que la Revolución conllevaba, ni el gran aporte a las ideas políticas que el alzamiento armado suponía, y se detuvieron más bien en las pugnas personales que solamente la marea de la Revolución fue capaz de purificar en el tiempo y de conquistar.
En el tiempo que nos tocó vivir y gracias a la obra de Fidel Castro, se hizo posible la unidad, el sueño más acariciado por aquel hombre que fue capaz de alzarse en 1868: Céspedes.
Lo han acusado de todo: de tirano, de aristócrata, de elitista…  Lo que no pueden quitarle de ninguna manera sus detractores ―que los tuvo y todavía los tiene― es precisamente su carácter de precursor, su capacidad para luchar.  Céspedes, como Maceo, no fumaba ni bebía;  jamás se le oyó decir  un frase descompuesta ni una ofensa.  Era fino y cortante como un cuchillo en las discusiones políticas y nunca un contendiente vulgar. Solamente en las secretas páginas del diario es capaz de usas los términos más duros.

Algunos historiadores refieren que hubo un momento en el cual  sacrificó su protagonismo en la Revolución por esa unidad necesaria. ¿Coincide con esa visión?
A él lo apartaron  cuando la Cámara dejó de estar representada por los hombres ilustres de Guáimaro y viene esa especie de idealismo que analizó Enrique José Varona con tanta profundidad;  un idealismo que a veces, no dejando de ser puro y de tener aspiraciones nobles, se apartaba de la realidad.
La realidad era ―y Céspedes lo dijo― que cada discurso y cada reunión constituían un tiempo perdido, que lo que había que hacer era luchar para triunfar.  Esa es su visión. Él también fue muy idealista.
Céspedes es la figura que en Guáimaro ― no podía ser de otra manera― fue elegido Presidente de la República constituida.  Pero en nombre del idealismo que teme a la tiranía ―como el propio Martí lo va a definir―, el temor a César o a los generales de Alejandro,  lo lleva a subordinar el poder ejecutivo al legislativo; quiere decir, el Presidente a la Cámara.
Eso se explica porque Céspedes no era solo el Presidente;  era el líder de la  Revolución y no necesitaba cargo ni título alguno para serlo; ¡lo era!  Pero, no obstante, cede.
Hay quien ha visto en ese instante político una lucha generacional.  Como decíamos, Céspedes asiste a aquellos actos cuando está ya en los 50 años. Da vergüenza haber vivido uno mucho más y pensar en el tiempo que le tocó vivir a él. Y en esas discusiones, él cede;  cede la bandera, a partir de que se coloque, porque esa fue la bandera con la cual se tomó las armas, por una  idea que está en su manifiesto: “Cuba quiere ser un pueblo libre e independiente para extender una mano a todos los pueblos del mundo.”
Pero además, está el acto tremendo ―que es como echar un fuego al polvorín― de libertar a aquellos esclavos suyos.  Los veintitantos que estaban en La Demajagua.
Está la presencia de un hombre importantísimo, que es José Joaquín  Palma, amigo y primer biógrafo de Céspedes; biografía que el propio Céspedes corrigió, en la cual dice que una Cuba libre ya nunca más podrá ser esclava ni tener esclavos. Este es el concepto, más que la letra.
Entonces, no cabe duda de que en Guáimaro se impone el criterio democrático de este idealismo doctrinario, a veces un poco delirante y apartado de la realidad.

¿Cuánto pudo haber influido esa contraposición que algunos refieren existió entre Céspedes y Agramonte?
Se trató siempre en los que encendieron  la candela de la pugna, de contraponer a Céspedes con Agramonte. Y eso no es cierto.  Los dos procedían de cunas similares. Cuando vas a Camagüey, la casa de Agramonte es la más importante de la ciudad, de dos plantas, un palacio; una casa patricia, frente a la Iglesia de La Merced. Pero la casa que se conserva de Céspedes es también una mansión principalísima en Bayamo. Aquella en que estuvo su residencia y bufete, la de las columnas y el pórtico, ardió irremisiblemente.
Ambos tenían mucho que perder, y lo sacrifican todo por la idea.  Es lo primero. Ambos estudiaron en espacios similares: en la Real y Pontificia Universidad de La Habana, con todo su ámbito cultural, incluyendo el Seminario, a donde se asistían a oír clases, charlas, y a escuchar a intelectuales que ofrecían conferencias eruditas en la sede antigua de la Universidad.
Es precisamente en esta Universidad – en ese momento una universidad laica-, donde van a escucharse las voces tan importantes de ambos.
Céspedes estudia después en Barcelona; Agramonte, también, donde estaba la parte más avanzada económicamente de la España de su tiempo, y donde había un gran movimiento autonomista e independentista. Por cierto, la bandera catalana se va a inspirar mucho en la bandera de la estrella solitaria.
Los dos eran abogados.  En un país como Cuba, las dos profesiones determinantes en su historia han sido la abogacía y la medicina. Céspedes,  abogado;  Agramonte, abogado;  Martí, abogado;  Fidel, abogado.
Hubo un choque. Eso era inevitable. Sí existió. Inclusive, hay un momento en que Céspedes decide ―creo yo que con un sentimiento de gratitud― ayudar a la familia de Agramonte, y solicita que le pase una pensión por la orfandad en que habían quedado y Agramonte responde a eso…
En torno a Céspedes pasaba lo mismo: siempre había corifeos, cortesanos, a quienes les gusta encender la candela, y es posible que la encendieran, tanto es así que se produce algo insólito: un reto a duelo de Agramonte a Céspedes, lo cual era terrible porque Céspedes era el Presidente de la República; la solicitud de un duelo al Presidente por parte de un Mayor General del Ejército no solamente era inconstitucional, sino que era también un acto de rebeldía.
Sin embargo, ¿cómo maneja Céspedes eso? ¡Con qué sentido de su experiencia vivida comprende el sentimiento herido de Agramonte! ¿Y cómo se soluciona? ¿Y cómo actúa cuando Agramonte renuncia a su mando, un mando para el cual estaba tan dotado?  Agramonte es como el Sucre de esta historia;  el hombre más preparado después de  Céspedes, porque tenía las cuatro cualidades: el conocimiento cultural, el conocimiento del Derecho, la aspiración al Estado de derecho y el culto por la libertad.  Era más joven, muere a los 31 años.
Agramonte era extraordinariamente elocuente.  Se convierte en un jefe militar capaz de hacer cosas tremendas, como lo fue el combate del Cocal del Olimpo, como fue el rescate de Julio Sanguily, acto de una gran osadía.  Pero además, era un hombre muy respetado, un gran organizador.  Había organizado la guerra en Camagüey, las fábricas, prefecturas para abastecer al ejército…
Todavía en esa etapa la región tiene un papel determinante, y muy pocos lograban superar la visión de ir más allá.  Por eso es que cuando, al regreso de Agramonte, Céspedes lo nombre jefe de Camagüey y de Las Villas, cuando lo designa, primero, queda reparado el pasado; segundo, toma la dirección de la Revolución en Camagüey, donde el enemigo había hecho estragos y persecuciones sin límites, había  convertido la ciudad en un cuartel general prácticamente de sus tropas,  y las familias cubanas y raigales como la suya estaban siendo perseguidas y humilladas.
La más grande de todas las humillaciones fue traer su cadáver luego a Camagüey y quemarlo en la Plaza de San Juan de Dios; eso es lo último que se podía hacer allí, y se recuerda todavía. Al designar a Agramonte para Camagüey, Céspedes pone de nuevo el alfil en el juego de ajedrez.
La muerte de Agramonte es la muerte de Céspedes, porque le precede.  Si Agramonte hubiera estado vivo, Céspedes no hubiera podido ser depuesto, creo yo, de la forma en que lo fue.  Bijagual no habría existido, que es el lugar geográfico donde se produce la deposición por parte de la Cámara. Hoy ese sitio está borrado del mapa. Lo cubre una presa que lleva el nombre del Padre de la Patria. Esas fueron como las aguas del Jordán.
Fueron días muy amargos. Y comienza la destrucción de la Revolución que había sido capaz de liberar a las clases populares, porque su gran mérito fue desencadenar no solamente a los esclavos, sino a las clases populares.

Y eso supuso el retraso de la Revolución definitiva.
Supone un retraso, porque es una cuestión de tiempo. España había podido acudir con una cantidad de recursos a sofocar la Revolución, pero no había podido, por una situación interna, reunir todo lo que era necesario.  Por eso la cuestión del tiempo era decisiva.
Céspedes le explica su visión a Máximo Gómez, quien –a pesar de estar resentido con él -, no vacila en reconocer que fue aquel caudillo el que le sembró la idea de que sin una invasión a Occidente, sin pasar la frontera que se había establecido en el centro de la isla, aunque se colocara a un millón de hombres en el Oriente, Cuba no sería libre.

Carlos Manuel de Céspedes


Que fue la estrategia de lucha probada en 1895 y en 1959, definitivamente.

En la batalla de Las Guásimas, a las puertas de Camagüey, el contingente que lleva Gómez con el objetivo de ir hacia Occidente es detenido por una columna española y obtienen lo que podríamos llamar una victoria pírrica. Los españoles pudieron regresar con grandes bajas a Camagüey, los mambises no pudieron evitar el refuerzo que los españoles reciben desde esa ciudad. A los independentistas, con todos sus heridos, sus bajas, con el agotamiento de su parque, solamente les quedó como refugio el monte.
Entonces, como todo hombre político, Céspedes no es infalible. No soy yo quien debo aquí ponerme a analizar errores porque, figúrate tú, qué puedo decir yo cuando solamente los que viven metidos en la espiral de la batalla tienen derecho a opinar. Hay que entrar a la historia con la cabeza descubierta y con respeto. Pero toda historia tiene luces y sombras, y las figuras que más luz reciben son las que más grandes sombras proyectan. Ahora, hay que saber estudiar esas zonas de penumbra. Hay que ver la luz primero, y la luz es el fuego; hay que ver la candela primero, estar dispuesto a quemarse, y no mirar desde afuera un proceso como el proceso del 10 de Octubre, adonde no llega la salpicadura ni de la sangre ni del fango.
Cuando muere Agramonte se mata la sucesión de la Revolución, y lo demás fue como la bola que viene bajando por la ladera de la montaña. Céspedes es depuesto, e inmediatamente comienza una sucesión frágil de la dirección de la Revolución, que no hizo más que chocar con la realidad.  Y por último, viene el gran crimen, que es la soledad de San Lorenzo y lo que ocurre allá arriba el 27 de febrero de 1874, es decir, la muerte de Céspedes, en lo alto del monte.
Antes, su familia quiso rescatarlo, se urdió un plan para buscarlo. Él vacila. Y finalmente, acepta su destino, que fue aceptar la gloria. El hombre del 10 de Octubre no hubiera podido morir en los Estados Unidos o en Jamaica, donde estaban su hermano Manuel Hilario y su hermana Francisca de Borja (Borjita);  el hombre del 10 de octubre no puede olvidar a su hermano Pedro… Cuando Pedro de Céspedes es fusilado en Santiago de Cuba, el Gobernador de Oriente, que había llegado en noviembre de 1873 con la expedición del Virginius, Céspedes se presenta a la Cámara diciéndole que ahora que han muerto su hermano y su sobrino político Herminio ―que venía también en la expedición―, pone una vez más su vida al servicio de la causa de la Revolución.  Ahí es donde el gigante va creciendo.
Cuando recordamos que se corta el pelo y lo manda a sus hijos que han nacido en los Estados Unidos ―los gemelos que nacen de Ana de Quesada: Gloria de los Dolores y Carlos Manuel―; cuando conocemos que envía la bandera del 10 de Octubre en un pequeño canuto, en una caja que preparan para salvar esa enseña  que hoy está en la Sala de las Banderas, y que Ana de Quesada devolvió a Cuba personalmente poco después de proclamada la República infeliz de 1902, la historia se va uniendo.
Y finalmente, el Presidente Viejo ―como le llamaban los campesinos―, que recorre la parte del monte donde está cautivo, es dejado en un punto llamado San Lorenzo sin más escolta que su propio hijo, algunos fieles que le acompañaban y algunos vecinos de aquel lugar.
Ahora, qué cosa tan impresionante: Céspedes está vestido como puede, él dice que grotescamente pero que no le hace falta nada. Le escribe así a su esposa, quien le dice que van a mandarle ropa y asegura no querer nada, pues ha aprendido a prescindir de todo. En el diario confiesa que un día, cruzando un río, se le cayó una espuela de plata que llevaba desde el comienzo de la Revolución y se alegró de ser cada día más pobre. Todo el pasado de su señorío, como lo describe Martí, con el diamante en el anillo, el bastón de carey y oro, preciosamente vestido, ha desaparecido.  Ahora hay un hombre que, siendo muy joven todavía, va cabalgando o andando en agotadoras jornadas por la sierra, por aquellos lugares;  que baja religiosamente a bañarse en la charca en San Lorenzo. Es impresionante, porque eso está muy  conservado. Celia Sánchez mandó a conservar aquel lugar, ordenó que se ascendiera al risco adonde él subió por una pequeña escalinata y allá en lo alto, desde donde se desplomó, está su busto.
Los biógrafos, la propia Hortensia y Rafael Acosta, que es el más joven y brillante de los cespedianos, eluden el tema del suicidio. Leonidas Raquín, el confidente de Céspedes en Santiago de Cuba, le responde a Ana de Quesada, que le pregunta cómo estaba el cuerpo de su esposo cuando lo sacan del barranco y lo exponen en Santiago de Cuba, y  él se refiere a una pequeña herida que tenía en el pecho y la ropa chamuscada, que a mi juicio no se correspondía con un fusilazo a quemarropa de sus perseguidores.
Él aseguró que de las tantas balas en su revólver todas eran para los españoles, excepto una que se reservaba para él—, si acaso en el último momento cayese prisionero, vejado, porque era la Revolución, no solo él, la que iba a ir encadenada a Santiago de Cuba, a un proceso vejaminoso, como mismo llevaron a Pedro Figueredo que, sin embargo, en el momento de ser ejecutado, confirma que irá con Carlos Manuel de Céspedes a la gloria o al cadalso. Entonces, un acto extremo de su parte no habría sido indigno de su carácter.
El Padre de la Patria cae del barranco hacia abajo, y hay que sacarlo de allí. Esa imagen que Cintio y Fina describen del hijo cuando llega, tras escuchar los disparos en el monte, y su padre ya no está allí. Entonces recorre la huella de su sangre y de sus cabellos – los va recogiendo – a lo largo de la loma; va siguiendo el trazado que se ha sembrado en la tierra de Cuba; es el abono fértil para una nación que ha de nacer, así lo afirmó José Lezama Lima.
Si el hombre de Yara y de La Demajagua hubiese muerto en los Estados Unidos con su familia, no sería el Padre de la Patria;  sería una anécdota, sería el iniciador y nada más. Pero el sacrificio de San Lorenzo, su acatamiento de la ley, su juramento de que por su responsabilidad no se derramaría sangre cubana, su visión de estadista que alcanzó el futuro, lo convierte en tal.
¿Y qué hizo en San Lorenzo en los últimos días de su vida? Con una cartilla pasaba horas alfabetizando a los niños campesinos.  El día de su muerte, abrió el baúl y sacó la ropa elegante que había conservado, se vistió con sus mejores atuendos.  En el diario está todo escrito.  Pocas horas antes tiene un sueño premonitorio en el cual se da cuenta, como hombre hipersensible e inteligente que fue, que el fin está próximo.  Y ese fin se consuma el 27 de febrero de 1874 cuando cae de lo alto del risco, y Manuel Sanguily, al que debo citar, escribe que “cayó en un barranco, como un sol de llamas que se hunde en el abismo”.

¿Cuánto nos puede seguir salvando e inspirando hoy como nación el referente de Céspedes?
Aquí lo único salvador es mirar a nuestro pasado, y el pasado es todo lo que está pasando ahora mismo y ya queda atrás.  Mirar a ese pasado hasta fecha tan remota, y encontrar los fundamentos del carácter nacional. No podemos conformarnos solamente con un pensamiento fragmentado, con consignas;  tenemos que buscar la esencia de las cosas.
Se han escrito muchas semblanzas y biografías: Leonardo Griñán Peralta, Antonio Aparicio, Herminio Portell Vilá, Hortensia y Fernando en su obra imponderable de  tres tomos;  Cintio Vitier y Fina García Marruz, Lezama realizó un maravilloso texto sobre Céspedes, y lo cita en varias oportunidades;  Rafael Acosta ―a quien estoy leyendo en estas noches, en su precioso libro sobre Los silencios quebrados de San Lorenzo, que prologué, hace análisis muy profundos y que son referentes imprescindibles para poder interpretarlo hoy.
La salvación está en observar no solamente la historia de los individuos, sino la historia del proceso, y cómo ese proceso y esa gesta inspiran el nacimiento de un pueblo. Y abandonar resueltamente, como tentación, el estar tratando de santificarlos, de idealizarlos a tal extremo que la proeza se convierta en inimitable por las nuevas generaciones. Ellos fueron  mujeres y hombres como nosotros. Lo que ocurre es que en el momento que los llamó el destino, por su propia determinación o por las circunstancias, se convirtieron en hombres excepcionales. Esa es la verdad. Excepcional fue Carlos Manuel de Céspedes y López del Castillo, el Padre de la Patria.
(1)  Eduardo Torres Cuevas en su intervención durante la Sesión de la Academia de Historia de Cuba  en ocasión del 143 aniversario del alzamiento de Céspedes en La Demajagua.
(2) Ibídem.
(3) Leal Spengler, Eusebio. Carlos Manuel de Céspedes. El Diario perdido .Publicimex S.A., La Habana, 1992, p. 15.
(4) Fragmentos del texto de la lápida: “Fernando VII. Su reinado fue ejemplo desvergüenza y absolutismo. En 1821, cuando la Constitución de Cádiz, fingió acatarla ante la presión popular para enseguida desbordar la más sangrienta reacción. (…) Hasta su muerte, en 1833, España vivió una era de despotismo inenarrable. (…) Esta efigie fue colocada en la Plaza de Armas en 1834 y retirada de su pedestal el día 15 de febrero de 1955, luego de tenaz lucha dirigida por Emilio Roig de Leuchsenring, siendo erigida la del Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo el 17 de febrero de ese propio año. La estatua de Fernando VII se conservó desde entonces en el Museo de la ciudad de La Habana y fue colocada en este sitio el 8 de mayo de 1975” (…)
(5) Isabel II fue jurada como princesa de Asturias en 1833 (con tres años) y proclamada reina al morir su padre en aquel mismo año.
(6) Se refiere a la reunión efectuada el 4 de agosto de 1868 en San Miguel del Rompe, conocida como la Convención de Tirzán, palabra simbólica en la terminología masónica, donde Céspedes mostró su convencimiento de que existían las condiciones necesarias para el alzamiento armado contra el gobierno colonial.
(7) Céspedes afirma en su exposición sobre la oportunidad del levantamiento, en San Miguel del Rompe, el 4 de agosto de 1868:  “Señores: La hora es solemne y decisiva. El poder de España está caduco y carcomido. Si aún nos parece fuerte y grande, es porque hace más de tres siglos que lo contemplamos de rodillas: ¡Levantémonos!”. Tomado de Leal Spengler, Eusebio. El Diario perdido. Publicimex S.A. La Habana, 1992, p.32.
(8) La bandera original que ondeó durante el alzamiento de Céspedes fue traída de vuelta a Cuba por Ana de Quesada, su viuda, y se exhibe en la Sala de las Banderas del Museo de la Ciudad, otrora Palacio de los Capitanes Generales, junto al acta oficial de entrega.
(9) Pueden hallarse referencias en el libro Aguilera, el precursor sin gloria, Volumen 2 de Biblioteca Bachiller y Morales, Pánfilo Daniel Camacho Sánchez, Ministerio de Educación, 1951.
(10) Céspedes ingresa en 1833 al Real Seminario de San Carlos y San Ambrosio. De 1835 a 1838 cursa estudios en la Real y Pontificia Universidad de la Habana.
(11) El coronel del Ejército Libertador, Manuel Sanguily, describe de este modo la muerte del Padre de la Patria: “Céspedes no podía consentir que a él, encarnación soberana de la sublime rebeldía, le llevaran en triunfo los españoles, preso y amarrado como un delincuente. Aceptó sólo, por breves momentos, el gran combate de su pueblo: hizo frente con su revólver a los enemigos que se le encimaban, y herido de muerte por bala contraria, cayó en un barranco, como un sol de llamas que se hunde en el abismo.”Un cespediano confeso es sin dudas el Historiador de la Ciudad de La Habana, para quien la fascinación por ese prohombre de la independencia nacional se reafirmó cuando tuvo en sus manos, luego de una larga búsqueda, la libreta y el pequeño librito que recoge las incidencias a modo de diario, de la vida de Céspedes desde el 25 de julio de 1873 hasta el día de su muerte el 27 de febrero de 1874

Por Magda Resik Aguirre

En la soledad de sus últimos días en San Lorenzo, escribió la larga carta a semejanza de un diario, donde contaba a su amada Ana de Quesada los rigores de su apartado refugio, convencido de que muy poco le hacía falta para vivir al otrora Presidente de la República en Armas.
Su casita de guano, como la describe, estaba cobijada con buenas maderas, y tenía dos cuartos forrados de palma y tabla de cedro donde una hamaca, una mesita escritorio, un banco, las armas y otros utensilios… conformaban el universo al cual se había reducido su grandeza humana. La comida no faltaba, el cariño del vecindario pues “raro es el día que no recibimos visitas” y el baño en el riachuelo cercano a donde vertían las aguas del Contramaestre.
A esas alturas el amor filial lo sostenía ante cualquier desgarradura: “Algún consuelo recibo con ver diariamente vuestros retratos. Los enseño a casi todos los patriotas que se encuentran conmigo. La mayor parte, especialmente las mujeres, me piden que se los enseñe. Hacen mil aspavientos de admiración y les echan un millón de bendiciones, deseando todos que volvamos a reunirnos.” Carlos Manuel de Céspedes sólo rogaba a su Ana, en pago al amor, la abnegación y fidelidad mantenidas en la distancia, unido al estoico cuidado de los gemelos Gloria de los Dolores y Carlos Manuel, que le creyera lo sumamente doloroso que resultaba para él estar separado de ellos.
Algunos grandes hombres de la Historia han enfrentado sus destinos en soledad, envueltos en la marea de la mezquindad humana y las ambiciones de poder. Sin embargo, su esplendor prospera invariablemente tras la muerte y se reproduce en la inspiración creciente que representan para aquellos patriotas por nacer. Céspedes fue uno de ellos.
Contaba con el heroísmo de los cubanos para consumar la independencia y con la virtud de sus coterráneos para consolidar la República, cuando en 1869 fue nombrado Presidente. A sus seguidores, que no eran pocos, les prometía abnegación y con su propia vida dio pruebas del cumplimiento del compromiso adquirido, en el sacrificio y la renuncia al poder y el bienestar material.
Los ideales de los hombres del 68, como se conoce a la generación de criollos que se alzaron en armas contra el dominio español, progresaron en la discreción de la masonería. La Logia Buena Fe, agrupó en territorio manzanillero a los líderes de la Revolución palpitante un 26 de julio de 1868; como si esa fecha estuviera predestinada en la historia de Cuba.
Bajo la dirección de Céspedes, el venerado Maestro de esa logia, se clarificaron las ideas que unieron a los hombres visionarios de la Guerra de los Diez Años. Existía entonces “un catecismo de conocimientos básicos, un sistema pedagógico, filosófico, político, para la educación y la formación del pueblo”. Se afianzaba en el lema “Ciencia y virtud. Ciencia y conciencia”, el pensamiento emancipador del maestro José de la Luz y Caballero. Se convenía en la necesidad de la igualdad social y se designaba a las clases más desposeídas como únicas dadas a convertir al mundo en un pueblo de hermanos.
Y por sobre todas las cosas, se concebía a la patria dentro de la más pura tradición del pensamiento revolucionario cubano iniciado por Félix Varela: “La patria es (…) el núcleo social y cultural de las tradiciones y hábitos del pueblo y, sobre todo, fuente de justicia social y proyección hacia un porvenir común, justo y libre”.
Un cespediano confeso es sin dudas el Historiador de la Ciudad de La Habana, para quien la fascinación por ese prohombre de la independencia nacional se reafirmó cuando tuvo en sus manos, luego de una larga búsqueda, la libreta y el pequeño librito que recoge las incidencias a modo de diario, de la vida de Céspedes desde el 25 de julio de 1873 hasta el día de su muerte el 27 de febrero de 1874. La letra pequeñísima que presumía el ahorro del espacio, exhibía sin embargo, caracteres claros y precisos. El luchador incansable había dedicado sus anotaciones a su amada Anita, a quien privaron del consolador goce de la lectura de aquellas percepciones de su hombre.
Para Eusebio Leal, la grandeza de Céspedes reside en su condición humana. Era irascible y de genio tempestuoso y entre los sacrificios que le impuso la Revolución, el más doloroso – como lo confesó por escrito – fue el de su carácter. Sin embargo, esa naturaleza voluntariosa y enérgica lo llevó también a la osadía de lanzar la clarinada independentista.
Cuando se desbarrancó su cuerpo en la escarpada geografía de San Lorenzo “ (…) muchos lloraron por aquel caballero extraño que compartía por doquier sus escasísimos bienes personales, con la misma serenidad con que una vez, siendo señor de vidas y haciendas, había optado por la vocación infinitamente superior de revolucionario”.
Cada 10 de octubre, con la disciplina y devoción propias de quienes reconocen la trascendencia del legado cespediano, los cubanos de varias generaciones se reúnen al pie de la estatua del Padre de la Patria, en la Plaza de Armas, para luego peregrinar a la Sala de las Banderas del Museo de la Ciudad. El otrora Palacio de los Capitanes Generales – cual símbolo de la irreversibilidad de la independencia nacional – atesora hoy las más importantes insignias mambisas, entre ellas y en un sitial de honor, la que ondeó en el ingenio La Demajagua aquel día de 1868.
La ceremonia durante la cual las notas originales del Himno de Bayamo parecen regresarnos en el tiempo, se ha convertido en una tradición que el Historiador ha sabido instituir, cumpliendo con otro de los legados plenos de simbolismo, de su predecesor Emilio Roig de Leuchsenring.
“El Museo de la Ciudad en su reinauguración, en el año 1968 – cuenta Leal – abrió sus puertas con motivo de la celebración del primer centenario del 10 de Octubre. Fue un acuerdo y una bonita sugerencia de nuestra querida e inolvidable amiga y compañera Celia Sánchez quien había tomado de su padre, el Doctor Manuel Sánchez Silveira, esa vocación  profundamente martiana y cespediana.
“Se había creado una comisión Nacional para la celebración del centenario, presidida por el Comandante Faustino Pérez, otra gran personalidad de la historia de la Revolución. Él me brindó todo su apoyo y nosotros trabajamos con mucho ardor para concluir la primera parte del Museo de la Ciudad, que no incluía lo que años más tarde sería la realización principal: la Sala de las Banderas, a donde peregrinamos cada 10 de octubre luego de rendir homenaje a Céspedes al pie de la estatua que se levantó al centro de la Plaza de Armas.”

 El colocar esa estatua al centro de la Plaza de Armas se convirtió en una de las grandes batallas de su predecesor Emilio Roig. ¿Cómo ganó el primer Historiador de La Habana esa contienda?
Era paradójico que en La Habana no existiese un monumento a Céspedes, el Padre de la Patria.  El único consagrado a él lo habían levantado con esfuerzo propio dos maestros: Hortensia Pichardo y su esposo Fernando Portuondo.  Ellos eran profesores del Instituto de la Víbora institución frente a la cual develaron un modesto busto.
A partir de ese momento, comenzó una batalla ―una batalla de Hortensia, Fernando y lógicamente del Doctor  Roig―, para hacer esculpir una obra magnificente que representase a Céspedes, como le llamó algún biógrafo, el héroe dandy, vestido elegantemente, como el día de su muerte, con sus mejores galas, mirando al futuro.
Eso suponía retirar de la Plaza de Armas la estatua del rey Fernando VII, figura abominable de la historia, no sólo de la monarquía española, sino de la política internacional de aquel tiempo, caracterizada por las relaciones complejas entre España y Francia, la invasión de Napoleón a España, y las sucesivas traiciones de Fernando VII a su padre, al movimiento liberal, a los militares leales a la causa de la independencia nacional. Finalmente, el hombre que reprimió con mano tan cruel y dura a todo el movimiento progresista español y americano de su tiempo.
Muchas personas, algunos intelectuales e historiadores, no fueron partidarios de aquél acto del Doctor Roig. Se conserva todo un expediente de las críticas que le hicieron planteando el dilema del monumento histórico a Fernando VII que debía permanecer ahí. Roig se defiende como gato boca arriba y coloca el monumento porque él sabe que el rey seguía en el poder en la Cuba de ese momento, simbólicamente, representado por la tiranía viciosa, corrupta, decadente y criminal.  Al decidir colocar la estatua de Céspedes lo hizo buscando un símbolo propicio al alma de Cuba.
Coloca la estatua, sin embargo, no destruye la de Fernando VII y decide guardarla en el Museo.
Cuando a mí se me presentó el dilema en el momento de la restauración de la Plaza de Armas – donde se rescataban las esencias de la plaza original -, era imposible en nombre de ningún principio, recolocar la de Fernando VII.  Quizás, de haber ocurrido el debate hoy, la estatua a lo mejor estaría ahí, porque Céspedes ya pertenecía a todos los cubanos y merecía y merece un monumento mayor.
Esto le respondí a Carlos Rafael Rodríguez cuando él me preguntó sobre el particular, porque había sido testigo de aquel debate que  tanto hirió a Emilio Roig.  Nosotros volvimos a colocar entonces la de Fernando VII en un ángulo de la plaza, con la misma lápida que el Doctor Roig redactó para su exhibición posterior, y que lo explica todo. No hay quien pase por la Plaza de Armas que no se detenga a leerla. Es una lección permanente que mi predecesor nos dio a todos, porque es preferible explicar los monumentos y la historia, y no ocultarla.

¿Cuáles fueron las condiciones personales, las circunstancias de vida que hicieron de Céspedes el hombre de la Revolución independentista?  ¿Por qué él y no otro?
El papel del hombre en la historia solamente lo niegan los mezquinos y las pequeñas hormigas pensantes. Céspedes fue el líder de aquel movimiento y ese liderazgo lo obtiene, primero, por sus antecedentes.
Vamos a pensar que era un hombre de la cultura;  hablaba seis idiomas. Desde la edad de once años empezó la tarea de traducir, por ejemplo, los cantos de La Eneida del latín; hizo una excelente traducción. Como abogado que fue, había estudiado latín, griego, inglés, hablaba perfectamente el francés y el italiano.  Eso le permitió, cuando concluye su carrera en Barcelona titulándose de Abogado del Reino, realizar un largo viaje que lo lleva a Inglaterra, Francia, Italia, Turquía…
Recientemente ha ocurrido un acontecimiento muy interesante, que es la aparición de la reproducción en un grabado de un cuadro probable, en el cual se ilustra una reunión insólita en París, donde aparecen Céspedes, la Avellaneda, la condesa de Merlín…  Si esto es verdad, nos encontramos a una figura que en aquel entorno estuvo muy motivada por las ideas más avanzadas del pensamiento y la cubanía.
Céspedes era un excelente equitador, buen esgrimista, un jugador de ajedrez que solía a veces terminar las partidas de espaldas, por su conocimiento del tablero. Era un orador apasionado. Cuando se le permite ejercer y realiza los ejercicios profesionales en Cuba, al regresar a Bayamo convertido en abogado, llega a ser uno de los más solicitados letrados defensores de determinadas causas.
Debo recordar que antes había realizado sus estudios en la capital, en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio y en la Universidad de La Habana. Quiere decir, estuvo en los dos espacios donde se debatía el pensamiento cubano en esta ciudad.  Y todos los días, en su camino desde la Universidad al Seminario, o desde el Seminario a la Universidad, debía pasar Liceo Artístico y Literario donde se reunía la flor y nata de la intelectualidad del país.
Desde el año 1850 figura como un hombre peligroso para la autoridad española, como alguien que es asiduo a tertulias culturales que enmascaran un proyecto político.  Sufre numerosas prisiones: prisión en Manzanillo, desterrado a Baracoa, en el Morro de Santiago de Cuba, en las húmedas cámaras del navío Soberano, anclado en el puerto santiaguero como reliquia de la batalla de Trafalgar.
Finalmente, empiezan a fundarse las logias masónicas. La masonería fue la institución más progresista y amante de la libertad de ese tiempo;  el gran legado liberal  ―y yo diría casi romántico― de la masonería que aspira en esa época en Cuba a una sociedad sin esclavos. Céspedes lo expresa en su poema autobiográfico Contestación.
Me faltó este detalle: es también un poeta.  Y hay que ver cómo influyó la poesía y la literatura en la forja de un sentimiento nacional: Heredia, la Avellaneda;  los que rodean a Céspedes, José Fornaris, Francisco Castillo, son poetas.  Ellos tres van a ser los creadores de La Bayamesa, que se cantó al pie de la ventana de una muy bella bayamesa y que constituye La Marsellesa de los cubanos.
Céspedes tenía un parentesco familiar con otra figura muy clave en esta historia, que es Pedro Figueredo, y con otro gran caballero, que se llamó Francisco Vicente Aguilera.
Se va a crear por esa época una logia muy importante denominada Buena Fe ―ya esto precede al levantamiento― en la cual participaban no sólo cubanos sino también españoles liberales que anhelaban el cambio y la transformación de Cuba.
Es muy probable ―es un tema que se discute― que el levantamiento se fija para una fecha determinada, pero se pospone una y otra vez buscando circunstancias propicias. Finalmente se va a llegar a un acuerdo: si la conspiración es descubierta ―como casi todas las conspiraciones―, el primero que se alce será secundado por los demás.

¿Y sucedió que la conspiración fue descubierta y Céspedes fue el primero en alzarse?
Esa es una hipótesis.

¿Es cierto que una fecha de gran importancia para la corona española también pudo motivar el momento del alzamiento?
El 10 de octubre era la onomástica de la reina Isabel II y fiesta oficial que se celebraba desde la Capitanía General de La Habana hasta la última tenencia de gobierno en el interior del país. Antes, durante otra celebración que se había preparado con motivo del nacimiento de la princesa de Asturias , Céspedes había organizado un baile que se consideró una actitud desafiante a la autoridad.  Él fue acusado por esto.  Hubo una causa incoada porque se pidió prestado para esta circunstancia un retrato de la reina Isabel II, que corrió la misma suerte del colocado en la Universidad de La Habana: fue rasgado.
Horas antes del 10 de octubre, día del cumpleaños de la reina, se había detectado un movimiento insurreccional. El Gobernador de Oriente había sido advertido por distintos jefes políticos y militares de que sonaban cascabeles, espuelas y machetes en aquella zona.  Se hablaba incluso de que se habían comprado armas, que habían desembarcado por un determinado punto; se generan muchas informaciones contradictorias.
En realidad, armas tenían muy pocas. En una memorable conversación había afirmado a su interlocutor: “las armas las tienen ellos”, en un llamado por arrebatarlas al enemigo.
Finalmente, en vísperas del 10 de octubre, la Capitanía General ordena que se haga una recogida de todos los elementos que se suponía estaban en la conspiración.  De ahí que Céspedes acuda al 10 de octubre.
Para mí puede ser una maravillosa coincidencia, o puede ser algo propio de una persona tan inteligente como él que, en una reunión previa en uno de sus lugares predilectos, San Miguel del  Rompe, afirmó que el poder de España estaba caduco y carcomido porque hacía siglos lo miraban de rodillas.  “¡Levantémonos!”, clama Céspedes. Quiere decir que su voluntad es esta, contra la opinión de compañeros que planteaban que era necesario esperar a una nueva zafra para poder comprar armas y avituallarse. Esa era quizás una política prudente, que venía como recomendación de los conspiradores de La Habana, quienes prometieron su apoyo. Eran grupos fundamentalmente reformistas, que se habían asustado con las acciones conspirativas de López en 1849, 1850 y 1851 y no movieron un dedo para salvarlo; participaron de las conspiraciones pero finalmente lo dejaron solo.
Por vez primera en realidad y con una visión de independencia y de abolición de la esclavitud, se tomaban las armas, diferenciándose de todos los movimientos anteriores. Lo que lógicamente no estaba claro en 1849, ni en 1850, ni en 1851, para Céspedes sí lo estaba en 1868.
Su lucidez se fundaba en las cualidades de un hombre de vasta cultura, joven que aunque tenía 50 años, era uno de los mayores entre los jefes más importantes que se levantaron en armas.
Inmediatamente que se produce el levantamiento en La Demajagua, empiezan a eclosionar distintos puntos de Manzanillo, Jiguaní y toda esa zona oriental. La gente se levanta, acuden partidas armadas y muy pronto el polvorín estuvo encendido y recibió un nombre: El grito de Yara.

 ¿Por qué la Revolución tomó el nombre de Yara y no de La Demajagua?
Hortensia Pichardo se lo preguntaba y lo hablamos muchas veces. Céspedes mismo lo explicó en su último diario.  Contó que aquella madrugada saliendo de La Demajagua donde se reunieron los que acudieron a su llamado, se dirigieron a Yara sitio en el cual ocurrió el primer lance con tropas españolas.
Se produjo entonces un intercambio de disparos, una confusión ―cuentan que llovía―; lo cierto es que momentáneamente Céspedes se queda con un puñado de gente ―se dice que fueron 12― y con la bandera que había bordado en el ingenio Candelaria Acosta (Cambula) .  Se trataba de una bandera diferente a la concebida por Narciso López y Joaquín de Agüero (la bandera que los acompañó en las expediciones de 1849, de 1850 y de 1851).
Para mí representa una incógnita el por qué Céspedes cambió ese diseño, cuando nadie podía olvidar aquella bandera.  Más tarde, en Guáimaro, se va a acordar que la enseña nacional sea la de López y de Agüero. Sin embargo, para no agraviar a Oriente y a Céspedes, quien había sido el primero en levantarse, la resultante de su diseño – que es como el de la bandera de la República de Chile con los colores invertidos -, presidía las sesiones de la Cámara, y posteriormente, las del Congreso cubano.
Por acuerdo No. 1 de la Asamblea Nacional del Poder Popular al constituirse, las dos banderas rigen en su sala de reuniones. También Céspedes está muy presente cada vez que entonamos el himno nacional. El 20 de octubre, tras tomar la ciudad de Bayamo, Pedro Figueredo dio a conocer aquellos trazos musicales que había compuesto, una especie de síntesis de ciertas melodías que eran muy importantes y hasta populares.
Me decía el maestro Manuel Duchesne Morillas, padre de Manuel Duchesne Cuzán, que se descubrían algunos antecedentes en el himno cubano.  Exhibía una gran inspiración patriótica y fue compuesto sin letra, para acompañar la procesión del Corpus Christi  en la Iglesia de Bayamo.  La Marsellesa francesa venía por detrás sigilosamente;  un poquito ―decía Duchesne― del Barbero de Sevilla, y finalmente, en la lucha, se va convirtiendo en lo que es actualmente: una gran marcha revolucionaria y el Himno Nacional de los cubanos.  Pero no tenía letra.
El 20 de octubre, después que Céspedes personalmente intercede para la capitulación de los que estaban sitiados en Bayamo, nace la primera capital de la Revolución y el primer ayuntamiento revolucionario, en el cual Céspedes se preocupa de proponer e incorporar por vez primera a gente que no eran de la raza blanca y que habían sido hasta ese momento absolutamente discriminados.
No olvidemos que el 10 de octubre, en su finca La Demajagua, donde producía las mejores cañas y había logrado rehacer su quebrantada fortuna de años anteriores, tenía obreros asalariados;  es decir, ya él estaba pasando a una forma superior de producción;  la producción esclavista cede al capitalismo, que era lo más revolucionario de aquel tiempo y que nos llegaba tardíamente, por ser una sociedad esclavista.
Céspedes trabajaba con obreros asalariados;  pero tenía en todas sus fincas, según los datos existentes, 53 esclavos que había adquirido con la propiedad que la casa  Venecia de La Habana  le había extendido por la finca La Demajagua, que estaba en un lugar privilegiado, frente al Golfo de  Guacanayabo con la sierra al fondo.
En el ingenio había sólo un puñado de esclavos, los suficientes al ser liberados por Céspedes para convertirse en símbolo de su voluntad: la mezcla del polvorín estaba encendida.
Allí se emplazaban las distintas fincas de Céspedes y de otras familias que también figuraban en la conspiración, como la de Francisco Maceo Osorio, la familia de Titá Calvar, la de Jaime Santiesteban, todos esos nombres aparecen entre los que ese día salen.
El que no está es Francisco Vicente Aguilera, porque lo sorprende la noticia allá en Cabaniguán, en su latifundio, de donde viene con todos sus monteros, con toda su gente, echando al fuego una de las más grandes fortunas de Cuba, después de haberlo puesto en venta todo.  Era el hombre más rico entre todos ellos.
Fue llamado El Precursor sin Gloria, porque durante mucho tiempo los historiadores se debatieron en los temas puramente personales, y no vieron el proceso social que la Revolución conllevaba, ni el gran aporte a las ideas políticas que el alzamiento armado suponía, y se detuvieron más bien en las pugnas personales que solamente la marea de la Revolución fue capaz de purificar en el tiempo y de conquistar.
En el tiempo que nos tocó vivir y gracias a la obra de Fidel Castro, se hizo posible la unidad, el sueño más acariciado por aquel hombre que fue capaz de alzarse en 1868: Céspedes.
Lo han acusado de todo: de tirano, de aristócrata, de elitista…  Lo que no pueden quitarle de ninguna manera sus detractores ―que los tuvo y todavía los tiene― es precisamente su carácter de precursor, su capacidad para luchar.  Céspedes, como Maceo, no fumaba ni bebía;  jamás se le oyó decir  un frase descompuesta ni una ofensa.  Era fino y cortante como un cuchillo en las discusiones políticas y nunca un contendiente vulgar. Solamente en las secretas páginas del diario es capaz de usas los términos más duros.

Algunos historiadores refieren que hubo un momento en el cual  sacrificó su protagonismo en la Revolución por esa unidad necesaria. ¿Coincide con esa visión?
A él lo apartaron  cuando la Cámara dejó de estar representada por los hombres ilustres de Guáimaro y viene esa especie de idealismo que analizó Enrique José Varona con tanta profundidad;  un idealismo que a veces, no dejando de ser puro y de tener aspiraciones nobles, se apartaba de la realidad.
La realidad era ―y Céspedes lo dijo― que cada discurso y cada reunión constituían un tiempo perdido, que lo que había que hacer era luchar para triunfar.  Esa es su visión. Él también fue muy idealista.
Céspedes es la figura que en Guáimaro ― no podía ser de otra manera― fue elegido Presidente de la República constituida.  Pero en nombre del idealismo que teme a la tiranía ―como el propio Martí lo va a definir―, el temor a César o a los generales de Alejandro,  lo lleva a subordinar el poder ejecutivo al legislativo; quiere decir, el Presidente a la Cámara.
Eso se explica porque Céspedes no era solo el Presidente;  era el líder de la  Revolución y no necesitaba cargo ni título alguno para serlo; ¡lo era!  Pero, no obstante, cede.
Hay quien ha visto en ese instante político una lucha generacional.  Como decíamos, Céspedes asiste a aquellos actos cuando está ya en los 50 años. Da vergüenza haber vivido uno mucho más y pensar en el tiempo que le tocó vivir a él. Y en esas discusiones, él cede;  cede la bandera, a partir de que se coloque, porque esa fue la bandera con la cual se tomó las armas, por una  idea que está en su manifiesto: “Cuba quiere ser un pueblo libre e independiente para extender una mano a todos los pueblos del mundo.”
Pero además, está el acto tremendo ―que es como echar un fuego al polvorín― de libertar a aquellos esclavos suyos.  Los veintitantos que estaban en La Demajagua.
Está la presencia de un hombre importantísimo, que es José Joaquín  Palma, amigo y primer biógrafo de Céspedes; biografía que el propio Céspedes corrigió, en la cual dice que una Cuba libre ya nunca más podrá ser esclava ni tener esclavos. Este es el concepto, más que la letra.
Entonces, no cabe duda de que en Guáimaro se impone el criterio democrático de este idealismo doctrinario, a veces un poco delirante y apartado de la realidad.

¿Cuánto pudo haber influido esa contraposición que algunos refieren existió entre Céspedes y Agramonte?
Se trató siempre en los que encendieron  la candela de la pugna, de contraponer a Céspedes con Agramonte. Y eso no es cierto.  Los dos procedían de cunas similares. Cuando vas a Camagüey, la casa de Agramonte es la más importante de la ciudad, de dos plantas, un palacio; una casa patricia, frente a la Iglesia de La Merced. Pero la casa que se conserva de Céspedes es también una mansión principalísima en Bayamo. Aquella en que estuvo su residencia y bufete, la de las columnas y el pórtico, ardió irremisiblemente.
Ambos tenían mucho que perder, y lo sacrifican todo por la idea.  Es lo primero. Ambos estudiaron en espacios similares: en la Real y Pontificia Universidad de La Habana, con todo su ámbito cultural, incluyendo el Seminario, a donde se asistían a oír clases, charlas, y a escuchar a intelectuales que ofrecían conferencias eruditas en la sede antigua de la Universidad.
Es precisamente en esta Universidad – en ese momento una universidad laica-, donde van a escucharse las voces tan importantes de ambos.
Céspedes estudia después en Barcelona; Agramonte, también, donde estaba la parte más avanzada económicamente de la España de su tiempo, y donde había un gran movimiento autonomista e independentista. Por cierto, la bandera catalana se va a inspirar mucho en la bandera de la estrella solitaria.
Los dos eran abogados.  En un país como Cuba, las dos profesiones determinantes en su historia han sido la abogacía y la medicina. Céspedes,  abogado;  Agramonte, abogado;  Martí, abogado;  Fidel, abogado.
Hubo un choque. Eso era inevitable. Sí existió. Inclusive, hay un momento en que Céspedes decide ―creo yo que con un sentimiento de gratitud― ayudar a la familia de Agramonte, y solicita que le pase una pensión por la orfandad en que habían quedado y Agramonte responde a eso…
En torno a Céspedes pasaba lo mismo: siempre había corifeos, cortesanos, a quienes les gusta encender la candela, y es posible que la encendieran, tanto es así que se produce algo insólito: un reto a duelo de Agramonte a Céspedes, lo cual era terrible porque Céspedes era el Presidente de la República; la solicitud de un duelo al Presidente por parte de un Mayor General del Ejército no solamente era inconstitucional, sino que era también un acto de rebeldía.
Sin embargo, ¿cómo maneja Céspedes eso? ¡Con qué sentido de su experiencia vivida comprende el sentimiento herido de Agramonte! ¿Y cómo se soluciona? ¿Y cómo actúa cuando Agramonte renuncia a su mando, un mando para el cual estaba tan dotado?  Agramonte es como el Sucre de esta historia;  el hombre más preparado después de  Céspedes, porque tenía las cuatro cualidades: el conocimiento cultural, el conocimiento del Derecho, la aspiración al Estado de derecho y el culto por la libertad.  Era más joven, muere a los 31 años.
Agramonte era extraordinariamente elocuente.  Se convierte en un jefe militar capaz de hacer cosas tremendas, como lo fue el combate del Cocal del Olimpo, como fue el rescate de Julio Sanguily, acto de una gran osadía.  Pero además, era un hombre muy respetado, un gran organizador.  Había organizado la guerra en Camagüey, las fábricas, prefecturas para abastecer al ejército…
Todavía en esa etapa la región tiene un papel determinante, y muy pocos lograban superar la visión de ir más allá.  Por eso es que cuando, al regreso de Agramonte, Céspedes lo nombre jefe de Camagüey y de Las Villas, cuando lo designa, primero, queda reparado el pasado; segundo, toma la dirección de la Revolución en Camagüey, donde el enemigo había hecho estragos y persecuciones sin límites, había  convertido la ciudad en un cuartel general prácticamente de sus tropas,  y las familias cubanas y raigales como la suya estaban siendo perseguidas y humilladas.
La más grande de todas las humillaciones fue traer su cadáver luego a Camagüey y quemarlo en la Plaza de San Juan de Dios; eso es lo último que se podía hacer allí, y se recuerda todavía. Al designar a Agramonte para Camagüey, Céspedes pone de nuevo el alfil en el juego de ajedrez.
La muerte de Agramonte es la muerte de Céspedes, porque le precede.  Si Agramonte hubiera estado vivo, Céspedes no hubiera podido ser depuesto, creo yo, de la forma en que lo fue.  Bijagual no habría existido, que es el lugar geográfico donde se produce la deposición por parte de la Cámara. Hoy ese sitio está borrado del mapa. Lo cubre una presa que lleva el nombre del Padre de la Patria. Esas fueron como las aguas del Jordán.
Fueron días muy amargos. Y comienza la destrucción de la Revolución que había sido capaz de liberar a las clases populares, porque su gran mérito fue desencadenar no solamente a los esclavos, sino a las clases populares.

Y eso supuso el retraso de la Revolución definitiva.
Supone un retraso, porque es una cuestión de tiempo. España había podido acudir con una cantidad de recursos a sofocar la Revolución, pero no había podido, por una situación interna, reunir todo lo que era necesario.  Por eso la cuestión del tiempo era decisiva.
Céspedes le explica su visión a Máximo Gómez, quien –a pesar de estar resentido con él -, no vacila en reconocer que fue aquel caudillo el que le sembró la idea de que sin una invasión a Occidente, sin pasar la frontera que se había establecido en el centro de la isla, aunque se colocara a un millón de hombres en el Oriente, Cuba no sería libre.

Que fue la estrategia de lucha probada en 1895 y en 1959, definitivamente.
En la batalla de Las Guásimas, a las puertas de Camagüey, el contingente que lleva Gómez con el objetivo de ir hacia Occidente es detenido por una columna española y obtienen lo que podríamos llamar una victoria pírrica. Los españoles pudieron regresar con grandes bajas a Camagüey, los mambises no pudieron evitar el refuerzo que los españoles reciben desde esa ciudad. A los independentistas, con todos sus heridos, sus bajas, con el agotamiento de su parque, solamente les quedó como refugio el monte.
Entonces, como todo hombre político, Céspedes no es infalible. No soy yo quien debo aquí ponerme a analizar errores porque, figúrate tú, qué puedo decir yo cuando solamente los que viven metidos en la espiral de la batalla tienen derecho a opinar. Hay que entrar a la historia con la cabeza descubierta y con respeto. Pero toda historia tiene luces y sombras, y las figuras que más luz reciben son las que más grandes sombras proyectan. Ahora, hay que saber estudiar esas zonas de penumbra. Hay que ver la luz primero, y la luz es el fuego; hay que ver la candela primero, estar dispuesto a quemarse, y no mirar desde afuera un proceso como el proceso del 10 de Octubre, adonde no llega la salpicadura ni de la sangre ni del fango.
Cuando muere Agramonte se mata la sucesión de la Revolución, y lo demás fue como la bola que viene bajando por la ladera de la montaña. Céspedes es depuesto, e inmediatamente comienza una sucesión frágil de la dirección de la Revolución, que no hizo más que chocar con la realidad.  Y por último, viene el gran crimen, que es la soledad de San Lorenzo y lo que ocurre allá arriba el 27 de febrero de 1874, es decir, la muerte de Céspedes, en lo alto del monte.
Antes, su familia quiso rescatarlo, se urdió un plan para buscarlo. Él vacila. Y finalmente, acepta su destino, que fue aceptar la gloria. El hombre del 10 de Octubre no hubiera podido morir en los Estados Unidos o en Jamaica, donde estaban su hermano Manuel Hilario y su hermana Francisca de Borja (Borjita);  el hombre del 10 de octubre no puede olvidar a su hermano Pedro… Cuando Pedro de Céspedes es fusilado en Santiago de Cuba, el Gobernador de Oriente, que había llegado en noviembre de 1873 con la expedición del Virginius, Céspedes se presenta a la Cámara diciéndole que ahora que han muerto su hermano y su sobrino político Herminio ―que venía también en la expedición―, pone una vez más su vida al servicio de la causa de la Revolución.  Ahí es donde el gigante va creciendo.
Cuando recordamos que se corta el pelo y lo manda a sus hijos que han nacido en los Estados Unidos ―los gemelos que nacen de Ana de Quesada: Gloria de los Dolores y Carlos Manuel―; cuando conocemos que envía la bandera del 10 de Octubre en un pequeño canuto, en una caja que preparan para salvar esa enseña  que hoy está en la Sala de las Banderas, y que Ana de Quesada devolvió a Cuba personalmente poco después de proclamada la República infeliz de 1902, la historia se va uniendo.
Y finalmente, el Presidente Viejo ―como le llamaban los campesinos―, que recorre la parte del monte donde está cautivo, es dejado en un punto llamado San Lorenzo sin más escolta que su propio hijo, algunos fieles que le acompañaban y algunos vecinos de aquel lugar.
Ahora, qué cosa tan impresionante: Céspedes está vestido como puede, él dice que grotescamente pero que no le hace falta nada. Le escribe así a su esposa, quien le dice que van a mandarle ropa y asegura no querer nada, pues ha aprendido a prescindir de todo. En el diario confiesa que un día, cruzando un río, se le cayó una espuela de plata que llevaba desde el comienzo de la Revolución y se alegró de ser cada día más pobre. Todo el pasado de su señorío, como lo describe Martí, con el diamante en el anillo, el bastón de carey y oro, preciosamente vestido, ha desaparecido.  Ahora hay un hombre que, siendo muy joven todavía, va cabalgando o andando en agotadoras jornadas por la sierra, por aquellos lugares;  que baja religiosamente a bañarse en la charca en San Lorenzo. Es impresionante, porque eso está muy  conservado. Celia Sánchez mandó a conservar aquel lugar, ordenó que se ascendiera al risco adonde él subió por una pequeña escalinata y allá en lo alto, desde donde se desplomó, está su busto.
Los biógrafos, la propia Hortensia y Rafael Acosta, que es el más joven y brillante de los cespedianos, eluden el tema del suicidio. Leonidas Raquín, el confidente de Céspedes en Santiago de Cuba, le responde a Ana de Quesada, que le pregunta cómo estaba el cuerpo de su esposo cuando lo sacan del barranco y lo exponen en Santiago de Cuba, y  él se refiere a una pequeña herida que tenía en el pecho y la ropa chamuscada, que a mi juicio no se correspondía con un fusilazo a quemarropa de sus perseguidores.
Él aseguró que de las tantas balas en su revólver todas eran para los españoles, excepto una que se reservaba para él—, si acaso en el último momento cayese prisionero, vejado, porque era la Revolución, no solo él, la que iba a ir encadenada a Santiago de Cuba, a un proceso vejaminoso, como mismo llevaron a Pedro Figueredo que, sin embargo, en el momento de ser ejecutado, confirma que irá con Carlos Manuel de Céspedes a la gloria o al cadalso. Entonces, un acto extremo de su parte no habría sido indigno de su carácter.
El Padre de la Patria cae del barranco hacia abajo, y hay que sacarlo de allí. Esa imagen que Cintio y Fina describen del hijo cuando llega, tras escuchar los disparos en el monte, y su padre ya no está allí. Entonces recorre la huella de su sangre y de sus cabellos – los va recogiendo – a lo largo de la loma; va siguiendo el trazado que se ha sembrado en la tierra de Cuba; es el abono fértil para una nación que ha de nacer, así lo afirmó José Lezama Lima.
Si el hombre de Yara y de La Demajagua hubiese muerto en los Estados Unidos con su familia, no sería el Padre de la Patria;  sería una anécdota, sería el iniciador y nada más. Pero el sacrificio de San Lorenzo, su acatamiento de la ley, su juramento de que por su responsabilidad no se derramaría sangre cubana, su visión de estadista que alcanzó el futuro, lo convierte en tal.
¿Y qué hizo en San Lorenzo en los últimos días de su vida? Con una cartilla pasaba horas alfabetizando a los niños campesinos.  El día de su muerte, abrió el baúl y sacó la ropa elegante que había conservado, se vistió con sus mejores atuendos.  En el diario está todo escrito.  Pocas horas antes tiene un sueño premonitorio en el cual se da cuenta, como hombre hipersensible e inteligente que fue, que el fin está próximo.  Y ese fin se consuma el 27 de febrero de 1874 cuando cae de lo alto del risco, y Manuel Sanguily, al que debo citar, escribe que “cayó en un barranco, como un sol de llamas que se hunde en el abismo”.

¿Cuánto nos puede seguir salvando e inspirando hoy como nación el referente de Céspedes?
Aquí lo único salvador es mirar a nuestro pasado, y el pasado es todo lo que está pasando ahora mismo y ya queda atrás.  Mirar a ese pasado hasta fecha tan remota, y encontrar los fundamentos del carácter nacional. No podemos conformarnos solamente con un pensamiento fragmentado, con consignas;  tenemos que buscar la esencia de las cosas.
Se han escrito muchas semblanzas y biografías: Leonardo Griñán Peralta, Antonio Aparicio, Herminio Portell Vilá, Hortensia y Fernando en su obra imponderable de  tres tomos;  Cintio Vitier y Fina García Marruz, Lezama realizó un maravilloso texto sobre Céspedes, y lo cita en varias oportunidades;  Rafael Acosta ―a quien estoy leyendo en estas noches, en su precioso libro sobre Los silencios quebrados de San Lorenzo, que prologué, hace análisis muy profundos y que son referentes imprescindibles para poder interpretarlo hoy.
La salvación está en observar no solamente la historia de los individuos, sino la historia del proceso, y cómo ese proceso y esa gesta inspiran el nacimiento de un pueblo. Y abandonar resueltamente, como tentación, el estar tratando de santificarlos, de idealizarlos a tal extremo que la proeza se convierta en inimitable por las nuevas generaciones. Ellos fueron  mujeres y hombres como nosotros. Lo que ocurre es que en el momento que los llamó el destino, por su propia determinación o por las circunstancias, se convirtieron en hombres excepcionales. Esa es la verdad. Excepcional fue Carlos Manuel de Céspedes y López del Castillo, el Padre de la Patria.
(1)  Eduardo Torres Cuevas en su intervención durante la Sesión de la Academia de Historia de Cuba  en ocasión del 143 aniversario del alzamiento de Céspedes en La Demajagua.
(2) Ibídem.
(3) Leal Spengler, Eusebio. Carlos Manuel de Céspedes. El Diario perdido .Publicimex S.A., La Habana, 1992, p. 15.
(4) Fragmentos del texto de la lápida: “Fernando VII. Su reinado fue ejemplo desvergüenza y absolutismo. En 1821, cuando la Constitución de Cádiz, fingió acatarla ante la presión popular para enseguida desbordar la más sangrienta reacción. (…) Hasta su muerte, en 1833, España vivió una era de despotismo inenarrable. (…) Esta efigie fue colocada en la Plaza de Armas en 1834 y retirada de su pedestal el día 15 de febrero de 1955, luego de tenaz lucha dirigida por Emilio Roig de Leuchsenring, siendo erigida la del Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo el 17 de febrero de ese propio año. La estatua de Fernando VII se conservó desde entonces en el Museo de la ciudad de La Habana y fue colocada en este sitio el 8 de mayo de 1975” (…)
(5) Isabel II fue jurada como princesa de Asturias en 1833 (con tres años) y proclamada reina al morir su padre en aquel mismo año.
(6) Se refiere a la reunión efectuada el 4 de agosto de 1868 en San Miguel del Rompe, conocida como la Convención de Tirzán, palabra simbólica en la terminología masónica, donde Céspedes mostró su convencimiento de que existían las condiciones necesarias para el alzamiento armado contra el gobierno colonial.
(7) Céspedes afirma en su exposición sobre la oportunidad del levantamiento, en San Miguel del Rompe, el 4 de agosto de 1868:  “Señores: La hora es solemne y decisiva. El poder de España está caduco y carcomido. Si aún nos parece fuerte y grande, es porque hace más de tres siglos que lo contemplamos de rodillas: ¡Levantémonos!”. Tomado de Leal Spengler, Eusebio. El Diario perdido. Publicimex S.A. La Habana, 1992, p.32.
(8) La bandera original que ondeó durante el alzamiento de Céspedes fue traída de vuelta a Cuba por Ana de Quesada, su viuda, y se exhibe en la Sala de las Banderas del Museo de la Ciudad, otrora Palacio de los Capitanes Generales, junto al acta oficial de entrega.
(9) Pueden hallarse referencias en el libro Aguilera, el precursor sin gloria, Volumen 2 de Biblioteca Bachiller y Morales, Pánfilo Daniel Camacho Sánchez, Ministerio de Educación, 1951.
(10) Céspedes ingresa en 1833 al Real Seminario de San Carlos y San Ambrosio. De 1835 a 1838 cursa estudios en la Real y Pontificia Universidad de la Habana.
(11) El coronel del Ejército Libertador, Manuel Sanguily, describe de este modo la muerte del Padre de la Patria: “Céspedes no podía consentir que a él, encarnación soberana de la sublime rebeldía, le llevaran en triunfo los españoles, preso y amarrado como un delincuente. Aceptó sólo, por breves momentos, el gran combate de su pueblo: hizo frente con su revólver a los enemigos que se le encimaban, y herido de muerte por bala contraria, cayó en un barranco, como un sol de llamas que se hunde en el abismo.”

Carlos Manuel de CéspedesCubaGuerras de IndependenciaHistoriaIndependenciaPatria

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Historiador de la Ciudad de La Habana 2011
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