Hacer de la Revolución una estrella

octubre 20, 2014

Por: Juventud Rebelde

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Durante nueve días hemos acompañado en secreto al Ejército Libertador, recién ordenado, en su marcha hacia su destino: la que fue la primera capital de la Revolución, la heroica ciudad de Bayamo. A decir de Máximo Gómez, a ella, a Bayamo, reservaría la historia un lugar preferente. Llegada la hora terrible, en medio del desconcierto, se abría un destino arduo y difícil, y en tales circunstancias dieron fuego a una de las villas primadas de Cuba, para convertirla en una montaña de pavesas antes de entregarla al adversario. Una nueva Numancia recordaría al opresor la estirpe que, como raíz medular, alimentaba el sentimiento del pueblo que lo había acunado.

Nuestro pueblo comenzó su epopeya aquel día 10 de octubre. A un hombre de valor supremo, pequeño de estatura, hombre de la cultura, intelectual, que había recorrido el mundo —privilegio que no tenían todos—; que tenía el don de conocer lenguas diversas, que escribía versos, como los que le inspiraron la majestad del Pico Turquino, le tocó conducir al pueblo cubano.

Siente uno el alma conmovida cuando lee las cartas, las narraciones, el dolor infinito de los que estaban lejos, o de aquellos que veían partir a los suyos sin poderlos asistir en la soledad del monte. ¡Tal fue el desafío! De ahí surgieron figuras apolíneas de la historia de Cuba; figuras que, asistidas de una conciencia clara, o desarrollando sus cualidades intelectuales a través de la lucha, se dieron cuenta de la soledad de nuestro esfuerzo, y de la necesidad de la unidad nacional. Este gran hombre, murió el 27 de febrero de 1874 sin ver realizados sus sueños.

Pero Cuba tuvo privilegios particulares. Martí, hombre nuevo, nacido de aquellas esperanzas, fue la voz más alta de Cuba: Una voz pura y elevada, un hombre que supo valorar exactamente la intensidad del dolor profundo. Siendo hijo de madre y padre españoles, se entregó por completo al culto patrio desde los días de su más temprana juventud. Hombre, como Céspedes, no perfecto, pero sí admirable en su obra, se consagró a ella con su voz perfectamente timbrada, con su capacidad de escribir sin reposo, con su capacidad de orar y convertir a las multitudes sin los artilugios de la amplificación. Así se le vio en Centroamérica, en las islas, en el istmo panameño, en la ciudad de Nueva York; en todas partes logró unir lo que estaba deshecho.

Y uniendo, después de la derrota y del desamparo y del olvido, halló en Antonio Maceo y en Máximo Gómez los aliados indispensables para que el pueblo cubano volviese a tomar las armas, único camino de alcanzar la libertad.

Soldado, como le creó Máximo Gómez a la orilla de una playa, fue capaz, después de crear un partido político para dirigir una Revolución, después de crear un periódico para centrar el ideal de Cuba, llamándolo Patria, sintió, como compañera de su destino, a la muerte que lo acechó en el lugar en que se confrontan los ríos más caudalosos del oriente de Cuba, allá donde el sol se eleva entre las montañas, entre el Cauto y el Contramaestre.

Tenía 42 años cuando se apagó su vida, pero tenía una certeza profunda que dejó plasmada en palabras inolvidables: Mi verso crecerá bajo la yerba, yo también creceré. Esa fue la ilusión de los que sin patria habían seguido la huella trazada bajo los mangos de Baraguá por Antonio: aquel hombre de hermosa figura, de pensamiento tan fuerte como su brazo; aquel que fue llamado de bronce no solo por su color sino también por su capacidad, que rozó la inmortalidad hasta aquel 7 de diciembre, día en que los cubanos inclinamos la cabeza ante todos los que murieron por la libertad.

Tuvo como compañero de armas a un extranjero ilustre, a uno que venía de las islas de Hostos y de Betances, y ese viejo militar —no tan viejo ahora cuando sabemos su edad cierta—, el chino viejo como le llamaron, fue el que escuchó aquellas solemnes palabras en la casita de Montecristi: El Partido Revolucionario Cubano viene hoy a rogar a usted que, repitiendo su sacrificio, ayude a la Revolución, como encargado supremo del ramo de la guerra, a organizar, dentro y fuera de la Isla, el Ejército Libertador (…) Yo ofrezco a usted, sin temor de negativa, este nuevo trabajo hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer de su sacrificio y la ingratitud probable de los hombres…

¡Qué certeza profunda! ¡Qué tristeza cuando oímos esas palabras! Sin embargo, más allá de todo ello quedó marcada en el tiempo y en la historia universal la huella de los cubanos redimidos en espíritu y que esperaban en carne alcanzar la libertad.

Fue un intelectual, Fidel Castro Ruz, el joven abogado quien, en la Universidad de La Habana, cuando nada podía esperarse porque nadie sabía de él, de su procedencia, levantaría su voz uniendo allí a todos en medio de ese fermento que para la juventud cubana fue, precisamente, nuestra acrópolis, la Colina sagrada, el lugar donde el Alma Mater todavía nos espera. Por esa Colina descendieron en muchas ocasiones, muchos jóvenes apaleados y perseguidos. De ella surge la figura de José Antonio Echeverría y de tantos otros que dieron su vida por Cuba.

Llegan los días azarosos del Moncada y del Granma. No olvidemos que por esa escalinata también un joven cubano llevaba al frente la bandera. Esa bandera que sostiene hoy cuando el líder histórico de la Revolución Cubana, el Comandante en Jefe, descansa en su reposo físico, mas no intelectual. Sus palabras, como las más recientes, Lo que no debemos olvidar, son una lección en medio del debate que por largos años ha sostenido la Revolución a pesar de que, al paso del tiempo, sentimos en nuestros cuerpos a veces el cansancio, las heridas, la incomprensión; a veces el choque, porque no se bebe en la fuente de la renovación y revolución total de la que hablaron tan tempranamente el propio Céspedes, Martí, Fidel. Una revolución totalizadora que nos permita remediar los temas de hoy, que nos permita escribir el poema de hoy, hacer la literatura para hoy y para mañana, tributar para hoy y para los que vienen detrás.

Esta Revolución que supo construir su soberanía y su derecho, tiene el derecho de encontrar su propio camino. Debo decir con franqueza que no encuentra émulos en la faz de la tierra. Encuentra amigos, pero, desgraciadamente, creo, no encuentra émulos en su proeza. Solos en la Isla, con amenazas y promesas, sobrevivimos. Nuestro es el problema y nuestra es también la solución.

Tenemos que tener mente amplia, ojos de largo alcance. Tenemos que tener sentido común, no podemos agraviar la esperanza, ni entregar el destino al caos. Nuestra verdadera tarea es hacer de la Revolución una estrella que lleva sobre la frente todo el que ha vivido en su apogeo, y que a veces ni su propia ignominia podrá borrar.

Mensaje del Presidente de la ANPP

Queridos compañeros y compañeras:

El próximo 20 de octubre todo el pueblo de Cuba conmemorará el Día de la Cultura Nacional.

No es casual que se haya escogido esta fecha para la celebración: a diez días del histórico alzamiento de La Demajagua, el 20 de octubre de 1868, se entonó por primera vez el Himno de Bayamo. Ya desde entonces Patria y Cultura quedaron definitivamente enlazadas.

Las más puras ideas emancipadoras y patrióticas que se  expresaron luego en las constituciones de Guáimaro, Baraguá, Jimaguayú y La Yaya, se nutrieron de las corrientes de vanguardia de la intelectualidad cubana de entonces. La República soñada por Martí, integrada a una América bolivariana y unida, nace de un pensamiento anticolonial, antiimperialista y liberador muy avanzado y lúcido, que aún en el siglo XXI mantiene plena vigencia.

En la Cuba del presente, martiana, revolucionaria y socialista, la Asamblea Nacional se honra al contar entre sus diputados con relevantes escritores, artistas y promotores culturales de distintas generaciones, incluidas las más jóvenes.

Hoy, cuando estamos trabajando duramente para alcanzar, como expresó el General de Ejército Raúl Castro, el socialismo «próspero y sostenible» al que aspiramos, ustedes, escritores, artistas y trabajadores de la cultura, tienen un papel de suma importancia.

Junto a los esfuerzos que se están haciendo para elevar la productividad y la eficiencia económica, también debemos empeñarnos en seguir impulsando las manifestaciones culturales, como contribución indispensable a la calidad de vida y espiritualidad de nuestra población y al propio tiempo como «escudo y espada de la nación», para decirlo con palabras del líder histórico de la Revolución Cubana.

Debemos subrayar que la Comisión de Educación, Cultura, Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente de la Asamblea ha venido discutiendo de forma profunda y sistemática los problemas más significativos del ámbito cultural. Al propio tiempo, seguimos con particular interés los debates de los recientes Congresos de la Asociación Hermanos Saíz y de la Uneac, que se centraron fundamentalmente en la defensa de nuestros valores y de lo mejor de la cultura cubana y universal y en la batalla contra modelos hegemónicos, banales y colonizadores.

En este encuentro organizado por la Asamblea Nacional del Poder Popular en torno al 20 de Octubre, resulta imprescindible recordar a un diputado activo y ejemplar que se convirtió en un verdadero símbolo: Cintio Vitier. Aquel gran estudioso de Martí, poeta y ensayista, fue elegido precisamente por Bayamo y dejó una huella imborrable en nuestro Parlamento.

La inmensa mayoría de los hombres y mujeres de la cultura tiene en Cintio un paradigma y comparte sus ideales, que son los de todo el pueblo revolucionario de Cuba. Los enemigos de la Patria no podrán jamás dividir al movimiento intelectual cubano.

Reciban nuestros escritores, artistas y trabajadores de la cultura mis felicitaciones y un fraterno abrazo en este nuevo 20 de Octubre.

Esteban Lazo Hernández

Asamblea Nacional del Poder PopularDía de la Cultura NacionalEsteban LazoEusebio Leal Spengler

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Historiador de la Ciudad de La Habana 2011
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