El Museo Napoleónico reabre sus puertas

abril 6, 2011

Por: Eusebio Leal Spengler

Foto Alexis Rodríguez

La reapertura del Museo Napoleónico ha sido una ocasión excepcional para probar la necesidad de formar y preparar, hasta la excelencia, a los que han de trabajar en la restauración del patrimonio material. Eso lo han demostrado los trabajadores de muebles, por ejemplo, que se formaron básicamente en la escuela-taller, quienes todavía tienen el privilegio de contar con algunos maestros, que les brindan su legado. Hoy, aquellos hombres que se entregaron en cuerpo y alma a formar a los más jóvenes, han visto su resultado.
No es solamente el tema de restaurar piezas muy dañadas, a veces dañadas por la incuria, por la falta de prudencia, por la falta de conocimiento, de prever que en un clima tan complejo como el tropical se presenta en las maderas europeas, en los tejidos, en los dorados; una serie de complejidades que solamente el conocimiento más allá de lo empírico puede solucionar, y ellos lo han demostrado. Los muebles de los distintos períodos del Imperio, del Consulado, del Directorio, están cada uno en su sala.
Hay también un trabajo notabilísimo de restauración de tejidos. Ha sido difícil encontrar jóvenes vocaciones para un trabajo tan paciente, un trabajo que no voy a decir ingrato, pero que sí necesita de un nivel de concentración y de olvido de todo lo que está en el entorno, que no conoce límites. No se trata de remendar medias y vestido – por ahí quizás se empieza –; se trata de que esas puntadas invisibles restituyan la trama de los tejidos de estos magníficos uniformes, de estos sombreros, de esos vestidos que hoy están por vez primera expuestos, por falta de condiciones museográficas, como son, por ejemplo, las vitrinas especiales que permiten la fuga del calor. Ahora el uso de una nueva tecnología de iluminación a base de fibra óptica va a favorecer que esos tejidos no pierdan el color, una de las más importantes preocupaciones.
Por vez primera el museo expone una cantidad de uniformes militares y también, como complemento de ellos, el lujo de los armamentos, la belleza de componentes tales como botones, hebillas, que resaltan el dorado y el plateado. Estamos hablando de una suma de técnicas y de oficios, verdaderamente trascendental. Además de esa colección, debo mencionar la reproducción fiel y exacta, hecha por los cartones y modelos, en la Real Fábrica de Tejidos de Madrid, de los tapices de los muebles que se habían perdido.
Al ver esto es usual que se hagan una pregunta, la misma que me van a formular a mí: ¿Cuánto ha costado eso? A nosotros, como grupo de trabajo, no nos interesa tanto sacar esa cuenta en pesos y centavos, sino pensar en lo que significaría para Cuba la pérdida de un legado patrimonial de carácter universal, del cual ella es propietaria y, a escala humana, depositaria. Se trata de que el Patrimonio cuesta, y hay que hacer sacrificios enormes para lograrlo. Cuesta, porque detrás de esos restauradores hay laboratorios, materiales costosísimos, trabajos tan delicados como, por ejemplo, el trabajo del dorado, que requiere oro verdadero, en los momentos en que el oro adquiere un precio en el mercado internacional ciertamente astronómico. Todo eso, más la limpieza de las porcelanas, el cuidado del edificio, que es una obra de arte de los arquitectos cubanos Félix Cabarrocas y Evelio Govantes, los cuales tienen en su haber edificaciones tan trascendentes como la Biblioteca Nacional, su participación en el Capitolio Nacional, el Hogar Materno Infantil en La Habana Vieja – una joya de la arquitectura –, el Palacio de la Sociedad Económica en el Paseo de Carlos III.
No podemos dejar de mencionar el tejado de tejas verdes – que hemos tenido que utilizar en tres oportunidades – y ahora para el Museo Napoleónico, unas tejas esmaltadas que se emplean precisamente como aislantes en un clima como el de Cuba. Además, el tema de la reproducción, que fue necesario realizar por el daño causado por las tuberías de hierro que al estallar dañaron los azulejos de recubrimiento de la logia superior del Palacio. La reproducción fue fiel y exacta a partir de los originales. Finalmente, diría que el trabajo que culmina todo esto es la exposición de la colección de pintura del museo.

El Historiador de la Ciudad junto a su Alteza Imperial la Princesa Napoleón, el Excelentísimo Señor Embajador de Francia en Cuba, John Mendelsohn y el Capitán de la fragata Ventóse

Para esta gran ocasión han llegado a La Habana personalidades de distintos lugares del mundo, de Ajaccio – la Capital de Córcega –, donde se conserva el museo Napoleón Bonaparte; ha venido la Princesa Imperial, Jefa de la Casa Napoleónica, que ha estado especialmente en La Habana para esto. Ella misma decidió venir y traer como regalo al Museo una pequeña colección de objetos de porcelana que pertenecieron al más joven de los hermanos del Emperador, el Rey Jerónimo.
También ha coincidido con la llegada del navío de guerra francés el Ventóse, y con el destacamento naval francés en el Caribe. Ha sido un momento muy importante para relanzar relaciones culturales que son capitales en la historia de Cuba, por la influencia que Francia ejerció sobre el pensamiento cubano, antiesclavista y filosófico, sobre las corrientes artísticas hasta hoy.
Es por eso que la Inauguración del Museo, su reapertura como obra de la Revolución, ha sido un evento digno de ser celebrado y yo invito al público a que soliciten sus visitas dirigidas, acudan al museo, disfruten de las colecciones que les pertenecen, no sin antes señalar que éstas son el fruto de dos convergencias importantes: la primera, una colección esencial que fue fomentada por el rico magnate azucarero acogido a la nacionalidad cubana desde que tenía un año de edad, Julio Lobo Olavarría, que fue un devoto de la figura de Napoleón conocido internacionalmente como el Zar  de la azúcar cubana. Al fallecer Lobo, lejos de Cuba y aún antes de su partida, expresó en infinitas oportunidades la voluntad de que su colección fuese disfrutada por todo el pueblo cubano, lo cual fue reiterado por su única hija María Luisa, en no pocas oportunidades.
La segunda coincidencia es la belleza de un edificio que en sí mismo es Monumento Nacional: ya me referí al diseño de “La Dolce Dimora”, la casa diseñada para el Coronel del Ejército Libertador Orestes Ferrara Merino, destacado abogado, político de muy discutida trayectoria en su gestión administrativa, Senador y Embajador de Cuba ante la UNESCO. El ya fallecido Ferrara – nacido en Nápoles en el siglo IX –, fue autor de numerosas obras como Mis relaciones con Máximo Gómez, a cuyo estado mayor perteneció el pleito sucesorio español, el papa Borgia, Maquiavelo, quienes hicieron de él necesariamente un hombre de cultura.
Como la cultura es lo que queda, lo que está por encima y como pude decir allí en mis palabras, todo podemos cambiarlo: poner un lago en el corazón de la Plaza La Catedral, podemos hacerlo; pero lo que no podemos hacer es cambiar la historia. Podemos, eso sí, explicarla, poner a los personajes en el tiempo y el espacio que les tocó vivir y después analizar qué es lo que queda.
Ya todo eso está analizado; todo está puesto en su lugar. La Revolución misma fue la máxima autora y creadora de ese Museo y reunió esas colecciones. Le corresponde a ella conservarla, explicarla, y convertirla en un instrumento útil para la educación de las generaciones actuales y futuras, para el goce y disfrute de nuestro pueblo y del turismo de todas partes del mundo que llega a Cuba, y encuentra una nación civilizada, depositaria de un patrimonio que sabe conservar, que quiere y estima. 

CubaLa HabanaMuseosNapoleónPatrimonioRestauraciónSolidaridad

Compartir

  • imagen
  • imagen
  • imagen
  • imagen
Historiador de la Ciudad de La Habana 2011
Desarrollado con: WordPress | RSS
Válido con: HTML | CSS