Las huellas del pasado histórico

agosto 5, 2013

Palabras pronunciadas por el Historiador de la Ciudad, Doctor Eusebio Leal Spengler, en el acto de donación de 38 lienzografías de los retratos de diferentes Capitanes Generales de la Isla de Cuba durante el gobierno colonial español. Estas imágenes fueron cedidas por el Archivo General de Indias, España

Foto: Alexis Rodríguez

Foto: Alexis Rodríguez

Querido Embajador y amigo mío; Señor Consejero Militar; mi querido Pablo, muy querido amigo, ahora que nos conocemos. Quisiera agradecer muchísimo el sentido de esta ceremonia y lo que ella significa para nosotros, en cuanto al completamiento de una parte de la historia sin la cual no podríamos explicar nuestro ser nacional.
Cuenta el poeta de aquel árbol centenario y hermoso, el olmo, del cual un día se desprende el sarmiento y cae en tierra, y crece, y es otro siendo el mismo. Así somos nosotros, los pueblos americanos, y en particular, el pueblo de las islas, y muy especialmente el pueblo de Cuba, que no puede ser explicado sin esa huella imperceptible que marca el horizonte del pasado histórico, los pueblos indígenas, la España que llegó a nosotros, la que se fundió luego del abrazo mortal en abrazo de amor, aún en los años más crueles y difíciles, y más con la poderosa aportación del África que llegó en cadenas y que se convierte también en nuestra sangre, nación, por la sangre y por la cultura en rebeldía.
No seríamos dignos de la ascendencia que nos viene por linaje, de no haber luchado y haber obtenido como pasaporte de identidad nuestra condición de libres, independientemente de las circunstancias históricas que pueden temporalmente cambiarlo todo. Pero España hizo en América, y en Cuba en particular, una conquista superior a la territorial y a la política, que es la conquista de la sangre. No hay ni una sola casa nuestra en que no esté en la tumba, o a la cabeza de la mesa, un padre gallego, castellano, canario, asturiano, y en el poema memorable de Nicolás Guillén, en su “Elegía a los dos abuelos”, retrata a ambos en el diálogo difícil, distanciado y a la vez próximo que sostienen a través del tiempo.
España se hizo carne en los versos de José Martí, hijo de madre y de padre español. Él fue la voz suprema y la palabra suprema de todos los poetas, y fue la voz política superior, y en su discurso independentista, su primera voz de llamamiento es a los españoles que han de contribuir y han de ayudar a fundar una nación nueva. No se puede escribir nuestra historia sin ellos. Cuando leemos sus versos, aún los que aprendimos en la escuela – “Cultivo una rosa blanca, en julio como en enero…” –, viene a nuestras espaldas otra voz que nos dice: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta dicha espero”.
Y es que ese siglo clásico, que conforma la lengua, que es la Patria verdadera del hombre, es la Patria del idioma, y es también los papeles, porque los papeles son lo que ha quedado escrito, lo que la memoria plasmó en letras, aunque como decía el director: “no existan imágenes, queda la letra escrita”.
Ya sabemos que la letra a veces enmascara verdades; ya sabemos que todo lo escrito no es lo cierto, que hay una historia paralela, pero los papeles son indispensables para contar la historia. Y venimos de una cultura de papeles y de notarios, y cuando escuchaba hace un momento a un guía, que por la calle de Oficios venía explicando que allí estaban los oficios de carpinteros y de cuánto hay, con mucha humildad le dije: “perdóname, pero debo esclarecer que eran los oficios de notarios”. Y en muchas casas, como en la llamada por nosotros Casa de los Árabes, por esa estirpe que nos viene de Andalucía, están los pergaminos enrollados que evocan la profesión que dejó para Cuba las Actas Capitulares del Ayuntamiento desde julio de 1550 hasta la pasada semana. Vacío documental de unos pocos años, para explicar solamente el Acto Fundacional de La Habana, que en última instancia aparecerá algún día, entre los ochenta millones de papeles de Sevilla, o en Valladolid, o en algún otro sitio donde fue a parar una de las tres copias, pero lo cierto es que, como dijo el poeta, “pienso, luego existo”.

Foto: Alexis Rodríguez

Foto: Alexis Rodríguez

La ciudad piensa y existe. Y debió nacer, precisamente, un día de julio, quizás un 25, no lo sabemos, porque se celebraba Santiago y San Cristóbal en ese día, y se seguía el calendario a pie juntillas. Sabemos también que el 15 de noviembre es nuestra fecha, por especial concesión, para no enfrentar el liderazgo natural de Santiago de Cuba, que llevaba el nombre del Apóstol y que era tierra fundacional previa, quizás a La Habana.
Dicho todo esto, todo ello enmascara nuestra gratitud al Archivo General y al director que viene a completar esta petición a lo largo de años sostenida. Necesitábamos estas imágenes y ahora las tenemos. No son aquellas que hicieron Juan del Río, Vicente Escobar, o alguno de los otros pintores cubanos, pero son las mismas, reproducidas, y que ocuparán el espacio en esta Sala, que era la Sala de los Retratos, donde junto a uno o a otros, aparecían los retratos, desde el Benemérito Luis de las Casas, fundador de la Real Sociedad Patriótica, de la Sociedad Económica de Amigos del País, de la Real Casa de Beneficencia y Maternidad, el creador del Papel Periódico, hasta todos los que se le sucedieron, incluyendo el General Arias, y aquel Capitán General, enviado en emergencia a Cuba en la última hora, por su condición de masón y liberal, que fue el Capitán General Ramón Blanco Llerenas, Marqués de Peña Plata, que debía tratar de concretar el nacimiento de una autonomía precaria, cuando ya no era tiempo, y conservar una Cuba española.
Sin embargo, cuando volvió a Cuba el “Nautilius” por vez primera, e ingresó en la Bahía de La Habana unos años después, el recibimiento del pueblo cubano fue caluroso e inmenso. Cuando se edificaron el Centro Gallego y el Centro Asturiano, se vio con qué fuerza los mineros de Asturias, los labriegos de Galicia, habían contribuido a levantar una casa propia y a reunir para sus hijos y descendientes una memoria. Fueron precisamente ellos los que trajeron las ideas sociales a Cuba. Ellos trajeron el pensamiento anárquico, trajeron las ideas socialistas, trajeron las primeras ideas sindicales, organizaron los primeros partidos; fueron, en medio de un país en el cual regía el concordato regio con la Iiglesia, factores importantes en la masonería librepensadora y anticlerical, que aparece en los triángulos equiláteros que llenan toda La Habana, en los ojos previsores que están en los cementerios, en todas las esquinas, a pesar de estar prohibido en el ejército el vertebrarse en células o en actos secretos.
El Archivo de Indias es nuestra Patria, porque en esos 80 millones de papeles está nuestra historia, nuestra vida, nuestra memoria.
Una historiadora muy querida, la Profesora Carmen Barcia, halló hasta el de mi familia cuando presentáronse en Cuba en 1808, por la paradisiaca bahía de Bahía Honda, y tienen que pedir permiso, por ser ajenos a la Corona Española, permiso que debía autorizar el Rey para establecerse en la Isla de Cuba. Hasta eso, hasta el más mínimo detalle, los papeles del padre de Martí, los documentos de la guerra de Cuba; todo está en el Archivo conservado y cuidado y hoy, en gran medida, por la voluntad expresa de Su Majestad el Rey, digitalizados y conservados, a partir de ese gran acontecimientos que nos llevó a muchos de nosotros a Sevilla, que fue el gran encuentro internacional que significó la Gran Feria Internacional de 1992, en ocasión del V Centenario del histórico viaje de Cristóbal Colón.
Agradezco profundamente al Embajador de España; al Consejero Cultural, Don Pablo Plá, que se ha preocupado de esto; a la Agencia Española de Cooperación Internacional, con la cual trabajamos siempre para bien, y muy particularmente al Archivo, a la Dirección General, a la Dirección de Patrimonio, sobre todo a la restauradora, que la recordamos cuando, invitada a Cuba, brindó aquí sus excelentes conferencias y nos trajo, por vez primera, la imagen de los retratos de las cuales solo conservábamos retratos borrosos en blanco y negro, por vez primera están aquí.
Muchas gracias, infinitas gracias.

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